jueves, 18 de agosto de 2011

más que mirarse (XXII)


Cuándo llegó allí en el verano de 1976 la casa estaba en un estado lamentable.
Era una construcción anodina desde el punto de vista arquitectónico, un ejemplo rotundo de feísmo. Todo cemento, ladrillo y pintura blanca. Vista desde cierta distancia, semejaba una caja de zapatos, estrecha y alta. Estaba literalmente dividida en dos mitades. En la mitad derecha, el aula de los niños más pequeños de la aldea ocupaba todo el piso de abajo. Un encerado amplio cubría toda la pared frontal. El resto del mobiliario era muy parco, los consabidos pupitres y sillas y un armario escueto. Eso sí, resultaba más amplia y acogedora de lo que su presencia externa prometía. Una escalera vulgar, de terrazo, comunicaba la planta baja con la vivienda del maestro, en el piso superior. La mitad izquierda era exactamente igual, abajo el aula de los mayores, arriba otra vivienda.
Yo no la había visto nunca por dentro. Cuando Charo me llevó allí, muchos años después, las escuelas unitarias ya habían desaparecido en España bastante tiempo atrás, pero las dos espiábamos ávidas los despojos desde la sucia y rota cristalera, yo con curiosidad, Charo con nostalgia ves…aún quedan restos de murales y dibujos…dios mío…cuánto frío he pasado yo entre estas paredes…yo coloqué allí una estantería para los cuentos, la pagué de mi propio bolsillo…ya no está…claro…hace tantos años… La visitamos varias veces, repartidas entre finales de los noventa y principios de década. Ella no dejaba de asombrarse de que una distancia de apenas hora y media en coche desde Coruña, hubiera logrado tantos años antes hacerle sentir como en otro mundo, otro espacio, otro hábitat dónde nadie la conocía ni la juzgaba. Era una aldea mínima, todo verde y bosque, limpieza y oxígeno puro, silencio. A mí siempre me asombraba ese silencio. Habían pasado treinta años, el mundo iba a su velocidad, pero allí podías pasear horas sin oír más que el trino de los pájaros. Estaba muy cerca de la playa de Barizo y de un pequeño pueblo de pescadores.
 Charo me contaba que solía ir allí una vez por semana, normalmente los sábados por la mañana, para surtirse en la tienda de comestibles de lo poco que necesitaba para ella sola, azúcar, tabaco, café, galletas…En la propia tienda estaba el único teléfono público que había en muchos kilómetros a la redonda. Desde allí llamaba a su madre y su hermano. A mis padres. A los pocos amigos que habían demostrado serlo tras la hecatombe. Para una señorita de ciudad, como ella, el cambio tenía que ser devastador o glorioso, pero siempre más que significativo. Me contó miles de cosas de allí a lo largo de su vida. De cómo se había sentido a salvo, querida y respetada. De cómo los padres de sus alumnos, de casas vecinas le llevaban de todo con todo lo que me traían podría haber alimentado a una familia entera, Esther…siempre lo mejor…verduras, frutas, pescado, patatas, conejos, pollos…pero todo natural, no te creas que era como lo que comemos ahora…todo de sus tierras y de sus árboles, de su trabajo…a mi al principio me daba reparo…pero descubrí enseguida que lo que realmente les ofendía era que lo rechazara…era gente amable y generosa y respetaban muchísimo mi trabajo…así me lo demostraban…
Claro que lo que ellos no sabían, lo que yo no sabía, era que Charo estaba huyendo, que había escogido el destino más remoto posible dentro de la provincia, para no ver, para no recordar, para lamerse en silencio las heridas.
 Por eso me costaba entender que una mujer como ella, joven y hermosa, renunciase con una calma pasmosa a las diversiones y la vida social de la ciudad, cambiase su entorno de siempre para enterrarse en una aldea perdida. Que en verano siempre vistiese sólo dos o tres vestidos ligeros y en invierno pantalones flojos y gruesos jerséis de lana tejidos por su madre, botas de goma y calcetines gordos. Cuándo me lo contaba nunca acababa de comprender todas mis blusas de seda…mis faldas plisadas y mis abrigos buenos se apolillaron, la humedad en aquella casa era tan atroz que cada semana me encontraba un vestido mohoso, unas botas de piel echadas a perder…me acostumbré a vivir con casi nada, sin vanidad ni presunción…ya ni siquiera me soltaba el pelo…eso sí, fueron un años intelectualmente muy prolíficos…leí muchísimo…escribí muchísimo…eduqué a una generación entera de esa aldea con dedicación absoluta… Ella solía referirse a esa época como “mis años de Jane Eyre”.
 Ahora entiendo por qué, también huía, como Jane, sólo que para ella no habría reencuentro.

Junio 1976
Por fin ha terminado el curso. He ido a trabajar los últimos seis meses como un robot, procurando no pensar, no mirar, no sentir. Tengo confirmado el destino en Mens a partir del próximo curso,  es una escuela unitaria, con mucho trabajo y en condiciones muy humildes, pero ha sido fácil, nadie lo quiere, así que tendré asegurada mi morada durante años. Mi padre insiste a través de mi madre para que vuelva a casa. Le he contestado que no la volveré a pisar mientras él viva. El sábado por la noche llamaron al timbre y era Raúl. La amnistía posterior a la muerte de Franco le ha salvado la vida y la libertad. Laura ya no está con él. No han podido superar el dolor y la pérdida del bebé. Me contó que Juan se marcha también de la ciudad, que ha aceptado un destino cerca de Santiago, que se muda con su familia. Que lo ha encontrado visiblemente más delgado y destrozado. No he querido saber más. Esta mañana se me ha acercado Delia, una niña especialmente sensible y aplicada que siempre me ha gustado y me ha dicho “Doña Charo, ¿es cierto que se marcha?” le he contestado que sí, me ha mirado” mi mamá dice que usted es mala y que mejor que se marche”  esto último me lo dijo llorando la pobrecilla, así que me he agachado y le he preguntado “¿ y tú que piensas cielo?” ….” Yo creo que no es cierto y que la voy a echar mucho de menos” Le he dicho que eso es lo que importa, lo que ella crea.
Por lo demás, pienso en él cada día, cada minuto, cada segundo. Lo amo, lo odio, lo necesito, lo añoro, lo desprecio…todo y nada a la vez. No tengo nada.
Junio 1976
Carta de Carol. La niña, con apenas dos meses, duerme o está en su pecho todo el día. Me cuenta que tiene mucho miedo, que tras el levantamiento militar de marzo han detenido a algunos conocidos de Carlos, de los que nadie parece tener razón ni noticia. Tiene miedo por él, por ellos, por los tres. Yo también lo tengo.
Puedo ocupar la casa a principios de mes, así que ya estoy metiendo en cajas y maletas todas mis cosas. Aquí no pinto nada. Allí tendré todo el verano para limpiar, pintar, comprar muebles y enseres. Estrenar mi nueva vida de ermitaña.
Pedro viene conmigo para llevar mis cosas y ayudarme a instalarme.

Julio 1976
La casa es desapacible y fría, aún en verano. Las ventanas son de madera y se filtran las corrientes aún estando cerradas. Eso sí, es bastante grande. Tiene una cocina amplia, con una cocina de hierro, cuatro habitaciones y un salón. Mi hermano se quedó conmigo una semana entera. Una vez inspeccionada, volvimos a la ciudad y compramos una cama grande, unos sofás de piel color camelº, una mesa para la cocina y otra para el salón. Todo de segunda mano, sólo el colchón es nuevo. El resto de los ahorros se me han ido en abastecerme de colchas, sábanas, toallas, telas vistosas para cortinas y menaje. Pedro les dio una cantidad considerable para que me lo trajesen todo al día siguiente.
He pasado días enteros limpiando, blanqueando paredes y baños, cosiendo cortinas. Esta mañana me he levantado temprano y he hecho café. A través de la ventana de la cocina sólo se ve verde y más verde, salpicado de escasas construcciones de piedra y hasta un castillo. Parece un cuento. He pensado que a él le gustaría.
Ah, hay ratones.



viernes, 5 de agosto de 2011

más que mirarse (XXI)

Clara Martínez Santiso se sintió perdida durante largos meses.
Hasta aquel momento su vida había sido fácil. El universo se reducía a su padre, su madre, sus abuelos y la gente del colegio. Los últimos elementos eran periféricos. Sus padres, su casa, eran el centro, el sol, la vida. Clara no había convivido con otras familias, así que para ella era normal que su madre durmiera en una habitación y su padre en el sofá. Siempre había sido así, así que por fuerza tenía que ser normal.
Lo que no era normal era que su  padre no estuviese cada mañana en el sofá, que sus cosas no poblaran armarios y estantes, que su cepillo de dientes no compartiese vaso en el baño con el de su madre y el suyo propio. Eso sí que la inquietaba y desconcertaba.
Eso y el hecho de que en aquella guerra silenciosa no había malos, nadie a quien culpar, un madrastra malvada, un brujo despiadado, como en los cuentos que su padre le leía cada noche. Una figura negativa y absolutamente culpable de todos los males, un  personaje cuya muerte o desaparición devolviera la paz y la armonía y reestableciera el orden en su universo. En este cuento todos eran buenos, todos eran amables, todos necesarios. Y todos sufrían, y se hacían daño sin querer, que era el daño más tonto que se puede hacer, pensaba Clara.

Para Clara Martínez Santiso el Universo se había resquebrajado una tarde de Marzo.

Jugaba en el patio del colegio con sus compañeros, tras salir del comedor, cuándo sintió una alegría inmensa al ver a papá y a mamá esperándola en la puerta. Normalmente siempre venía uno de los dos, pero ese día estaban allí juntos, sonriéndole desde el portón de hierro. Corrió a por su mochila y sus cosas mientras pensaba que eso sólo podía significar que se iban los tres a merendar al burguer, o a comprar ropa para ella, o al cine. Pero papá le dijo que no, que iban al parque de Santa Margarita, para sentarse los tres en la hierba y hablar. Por el camino, papá procuraba hacerla reír, con juegos y cosquillas, pero Clara se dio cuenta de que todo el rato miraba a mamá con preocupación, y que ella sonreía con esfuerzo, pero tenía cara de pena y parecía a punto de echarse a llorar todo el tiempo. Aún así, mamá no lloró.
 No lloró mientras le explicaba cosas extrañísimas, como que a partir de ese día papá no iba a dormir más en casa, que se iba a mudar a otra casita muy chula, en la que ella podría estrenar una habitación nueva preciosa, con esa camita azul del Ikea, con mesita y armario a juego, que a ella tanto le fascinaba cuando observaba embobada la exposición. Que todo iba a ser mucho mejor, porque así tendría dos casas, con doble de juguetes, doble ropa, doble de todo. Que pasaría fines de semana enteros en su habitación nueva. Que podría ver a papá todos los días, siempre que quisiese, en cualquier momento, a cualquier hora del día o de la noche.
 Pero a pesar de sus padres le estaban contando una historia en la que todo parecían ventajas, Clara Martínez Santiso percibió que éste cuento no era como los de los libros. Que sus padres se esforzaban por sonreír y parecer relajados, pero ella los conocía bien, muy bien, y sabía que por fuerza aquel cuento, aunque no tuviese brujos ni madrastras malvadas, ni monstruos, tenía un lado siniestro y peligroso, que papá y mamá intentaban que ella no viese, como cuando pasaban escenas de alguna película o se saltaban algunas páginas de ciertos cuentos.
 Clara escuchó y escuchó mira cielo, papá y mamá se quieren mucho, muchísimo…pero para ser más felices los tres, papá tiene que vivir en su propia casa…lo entiendes, ¿verdad cielo?....pero Clara no entendía. No entendía nada. Sólo sabía que ella no iba a ser más feliz así, que no le importaba tener otra habitación, aunque fuese la azul del Ikea, que ella era feliz teniendo a papá en casa todo el rato, que si para verle tenía que llamarle, aunque fuese a cualquier hora del día o de la noche, era porque no iba a estar cerca de ella.
Aquella noche Clara Martínez Santiso durmió mal. Una pesadilla en la que vagaba perdida en un cielo negro y sin estrellas, atrapada en lo alto de una cama azul de la que no podía bajarse sin caer al vacío, la atormentó y la escupió a la realidad de su habitación de siempre, de su cama blanca y rosa, empapada en sudor y llorando desconsolada.
 Mamá apareció corriendo por el pasillo, le besó en la frente y en la cara, y en el pelo y le cambió el camisón por uno seco, y le dijo mil veces muy bajito no pasa nada mi niña preciosa no pasa nada todo está bien…se acostó con ella y la abrazó mucho rato. Pero cuando pensó que ya se había dormido, Clara sintió en su nuca las lágrimas tristes y húmedas, los sollozos contenidos y silenciosos de mamá, y como su cuerpo temblaba y se convulsionaba con una violencia sorda y reprimida, que a Clara le llenó el corazón de miedo y angustia.
La tarde siguiente era la abuela Mari la que estaba esperándola en el portón del colegio.
Se la llevó al parque y a merendar chocolate con churros. A Clara, que era una niña, pero no era tonta, no se le pasó por alto que la abuela Mari estaba triste y nerviosa, igual que mamá y papá, y que le acariciaba el pelo y se la quedaba mirando mucho rato, sin llorar, ella tampoco lloraba, pero con los ojos líquidos y bajos. Ya era de noche cuándo sonó el móvil de la abuela y ella dijo es mamá y hablaron un ratito como en susurros, pero Clara oía igual ¿ya está?...bueno hija…tranquila…procura serenarte…en media hora estamos ahí…
Al abrir la puerta, mamá la esperaba con los brazos abiertos, pero Clara Martínez Santiso, que era una niña, pero no era tonta, se zafó de su abrazo y corrió por la casa para comprobar lo que ya sabía. Que el ordenador de papá ya no estaba en la mesa de la sala. Que su armario estaba vacío. Que sus calcetines ya no estaban en el cajón. Que la mitad de la estantería de la sala lucía deshabitada, polvorienta y desolada, sin sus libros ni sus discos.
Cuándo hubo comprobado cada cajón, cada mueble, cada estante, por fin cesó su frenética carrera por la casa y pudo sentarse en el sofá. Mamá y la abuela la miraban de pie, con gesto alarmado, incapaces de moverse o de hablar, sin duda esperando su reacción. Pero Clara no tuvo ninguna reacción. Al menos ninguna visible. Simplemente se quedó allí sentada e inició un mutismo glacial, un mutismo y una ausencia total de emociones que duraría días, que duraría semanas.

Al tiempo que el estupor inicial iba dejando paso a una tranquilidad asentada, a una asimilación firme, Clara Martínez, que era una niña, pero que no era tonta, comprendió, con esa intuición sabia y práctica de los niños, que la nueva situación le favorecía en muchos aspectos.
Por ejemplo, todo el mundo la consentía mucho más que antes. Los abuelos no se negaban a comprarle ningún capricho, no tenía que insistirle a mamá más de cinco minutos para cenar hamburguesas o pizza, en lugar de la crema de verduras que detestaba profundamente. Los fines de semana que pasaba con papá eran una fiesta continua de cine, palomitas, videoconsolas, juegos agotadores y felices, tirados en la alfombra, y siempre volvía a casa el domingo por la noche con algún juguete nuevo o una camiseta, o un neceser de Bob Esponja. Todo el mundo se esforzaba por atenderla, estaban pendientes del más insignificante de sus estados de ánimo. Incluso los primeros días en los que papá no había estado en casa, Clara no sabía por qué, pero se olvidaba de comer, se olvidaba de ir al baño. En varias ocasiones había mojado la braguita y el pantalón en el colegio sin ni siquiera darse cuenta, hasta que la vergüenza de la mancha en su entrepierna la llevaba a tirar temerosa de la manga de Sonia, la cuidadora del patio, que inmediatamente se ponía en marcha, cogiéndola en brazos, dándole muchos besos, cambiándole el pantalón por un chándal viejo de otro niño, que se había quedado olvidado en el cajón de objetos perdidos. Luego hablaba con papá o con mamá, con el que fuera a buscarla ese día y le explicaba todo en voz muy bajita, para que los demás niños y padres no se enterasen de nada. Y mamá y papá, lejos de enfadarse, volvían a cubrirla de besos no te preocupes princesa, ahora mismo vamos a casa y te pones una faldita chula, la roja cortita, o la de volantes, tú no te preocupes, eh?...aquí no ha pasado nada…
Los sábados por la mañana empezó a ir con papá a una librería chulísima, pero chulísima, dónde papá le dejaba mirar los libros de cuentos mucho rato mientras él hablaba con la dueña, que era una chica muy guapa, no tanto como mamá, pero tenía una sonrisa amable y un pelo negro precioso y siempre le regalaba globos y caramelos, chuches o rotuladores de Dora Exploradora.

Todo volvió a ser fácil y fluido hasta que un mediodía que no se quedó al comedor y mamá la recogió para comer en casa. Pasaron por delante de la librería y desde fuera vieron a papá en el mostrador y mamá dijo anda, Clara, mira quién está ahí, es papá , vamos a saludarle… y entonces entraron , y papá , que no las había visto venir, tenía la mano de la chica morena de las chuches cogida entre las suyas, y al darse la vuelta y verlas, dudó un segundo, y Clara lo vio, y su madre lo vio, que papá se había quedado muy sorprendido y durante una milésima de segundo casi suelta la mano de la chica de los globos, pero se recompuso enseguida y a pesar de haber dudado, porque Clara sabía que había dudado, finalmente no soltó la mano de la chica de los rotuladores y dijo hola guapas!! Qué sorpresa!!  Y después sí la soltó y abrazó a Clara, pero dijo Isa, te presento a Esther, Esther, ésta es Isabel…y a Clara ya la conoces…mamá y la chica de los cuentos se sonrieron y se dieron dos besos y se dijeron encantada…pero mamá se quiso ir enseguida e hicieron el resto del camino muy aprisa, mamá caminaba muy seria mirando al frente y parecía no acordarse de que llevaba a Clara de la mano.

Y luego, por la noche, mientras miraba la tele, la oyó hablar por teléfono en la cocina con Paula, que era su mejor amiga. Mamá tenía voz llorosa y decía no sé tía, la verdad es que me ha sentado como el culo…sí…sí…ya lo sé….sí….es normal...pero no sé…no sé si me da celos o envidia… luego acostó a Clara y le leyó un cuento, como siempre, pero por la noche se despertó y oyó a mamá llorando bajito en el salón.

Y Clara Martínez, que era una niña, pero que no era tonta, pensó que este cuento al fin y al cabo, no era tan distinto de los otros que le leía papá, y que finalmente sí había un brujo despiadado, que parecía bueno, pero en realidad hacía trampas, y que no la quería tanto como decía. Y una madrastra malvada que al principio regalaba chuches y libros, y rotuladores de Dora la Exploradora, pero que al final la pondría a fregar suelos y la obligaría a vestir harapos.

miércoles, 27 de julio de 2011

más que mirarse (XX)

Se sentó en el suelo frente al sofá, abrazándose las rodillas. Permaneció así mucho rato. Observarle dormido, la cabeza ladeada sobre el cojín, la camiseta arrugada y enrollada sobre el vientre, el pantalón desabrochado, le inspiraba una benéfica sensación de paz y ternura. Habían disfrutado mucho de la comida, saboreado una magnífica botella de Ramón Bilbao del 2006, se habían reído y avanzado en el camino recíproco de la confianza y la complicidad. En la conversación salió a relucir la admiración compartida por Aristarain, destriparon y analizaron Un lugar en el mundo, regalándose mutuamente puntos de vista y perspectivas nuevas, y decidieron acompañar el café y el cigarro con Lugares Comunes. Pero a Rafa le venció el sueño antes de la mitad de la película y se acomodó en el sofá, dejándose llevar a la modorra total por los dedos de Esther, que acariciaban su cabello con estudiado esmero.
Y ahora le observaba sin poder evitar sentirse profundamente agradecida.
 En los últimos meses, la lectura de los diarios de Charo formaba parte de sus días y de sus rutinas, formaba parte de ella misma, por eso no le escapaba la analogía evidente de su amor y el amor de ella y Juan hace treinta años esto hubiera sido posible…habríamos naufragado en el mismo mar negro y furioso en el que zozobraron ellos… Miraba a ese hombre cuyas miradas y caricias le nutrían la piel y el alma, sin cuya presencia no existiría la alegría y la bonanza, y no podía evitar pensar que a ellos nadie les miraría con desprecio al salir del ascensor, nadie les haría irrespirable ir a trabajar, a pasear, a la compra…y qué injusto…qué injusto resultaba, si al fin y al cabo no hacían otra cosa que quererse, igual que Charo, igual que Juan…
Esther pensó también que ese regalo maravilloso, esa tarde de julio en la que el sol y el calor se filtraban por los ventanales de la galería de su salón, que invitaban a la calma y al placer, o al placer y a la calma, daba igual el orden, eran todo lo que necesitaba, todo lo que quería.
La ternura finalmente la venció. Se acercó a Rafa y, subiéndole la camiseta, comenzó a esparcir docenas de besos por su torso, su cuello, sus ojos y orejas, sus mejillas y labios…Él comenzó a sonreír desde la inconsciencia de su sueño demorado, claramente incapaz aún de dilucidar qué formaba parte del sueño y qué venía del exterior de ese baluarte. Tras unos minutos deliciosos y largos comprendió al fin. Aferró su nuca con fuerza, introduciendo sus largos dedos de artista en su pelo y transformó los besos rápidos en otro mucho más largo, un beso que no era sólo labios, que era dientes y era lengua y era saliva. Cuando ella percibió su excitación, que se erguía explícita y salvaje en el bulto de su pantalón, se puso de pie, se quitó las bragas y las desechó, junto con los pantalones y el calzoncillo de Rafa a un lado del sofá, en el suelo. Recogió con una mano la liviana tela de su vestido de algodón y se sentó encima de él, desprendiendo los tirantes del cuerpo para que él  pudiera ver y acariciar sus pechos. Comenzó a moverse muy despacio primero, hasta que los susurros y las respiraciones llegaron a más, se convirtieron en gemidos, en jadeos descontrolados, en más dientes y más saliva, en muchas lenguas y labios, y caricias y calor y humedad. Cuando comprendió que ambos estaban cerca del final, redobló sus esfuerzos, apoyando un pie en el suelo y otro en el sofá, una posición para entrar y salir del cuerpo de él totalmente, profundamente, mientras las manos de Rafa aferraban sus nalgas con fuerza, ayudándola y sosteniéndola. Se corrieron juntos, extasiados, agotados, maravillados de su propio placer.
Luego Esther salió de su cuerpo y se desplomó en su pecho, dónde, abrazándole la cintura, se dejó acariciar y besar el cabello hasta que ella misma se sumergió en un grato sopor.
Cuando despertaron las sombras del atardecer dibujaban extraños claroscuros en los muebles y las paredes. Rafa acercó una manta y encendió dos cigarrillos.
 Y entonces por fin pudo hablarle de quién era ella.
 Del significado de ese mueble de otro siglo en su salón. De las fotos que habitaban sus estantes y los muros de su morada. De esa mujer guapa y serena, que sonreía a la cámara con timidez, como si fuese totalmente inocente de su belleza, como si no conociese la turbación que producía su cabello rubio, sus ojos claros, su sonrisa perfecta, su cintura mínima. De esa pareja joven y apuesta, un hombre fuerte y satisfecho que sostenía con un brazo a una niña confiada y feliz, aún feliz y confiada, y con otro el otro brazo aferraba la cintura de una mujer hermosa, de muslos contundentes y hombros bronceados y rotundos, que no parecía menos confiada ni menos feliz que la niña, mientras atusaba despreocupada su cabello negro como el carbón y sonreía con los ojos. Y también le habló de Juan Solís, que no aparecía en ninguna foto, que en los últimos veinte años había sido poco más que un fantasma, pero que sin embargo estaba allí también, se desgajaba, se licuaba , se desprendía de los ojos tristes de la mujer rubia en esa foto ves esa de ahí, esa nos la hicieron en la Batalla de las Flores, ahí tenía que hacer muy poco que él había muerto…y también esa otra en la que agachada, apretaba contra su pecho el cuerpecillo de la niña morena que ya no parecía confiada, ni parecía feliz, y la mujer ya ni miraba a la cámara, miraba al horizonte, miraba más allá del fotógrafo y de los grupos de gente que se adivinaban alrededor de ellas, como si, en medio de la romería, hubiera distinguido de pronto una silueta familiar, alguien que se parecía a él.

Rafa la escuchó en silencio mucho rato, horas tal vez, absolutamente absorbido por la historia magnífica, de dolor, de amor, de vida,  que esa mujer que era su amante y su afán, su alegría y sus ganas de vivir, iba desgranando para él con asombrosa maestría. No parecía escoger las  palabras, ni haber ensayado los tonos, las pausas, los énfasis ni los silencios intercalados, pero las palabras no podrían ser más escogidas, los énfasis más apropiados, los silencios más propicios. Se debatía, admirado y maravillado, entre la atención que requería el relato y el hallazgo manifiesto de que esa mujer que era su afán y  su alegría y sus ganas de vivir, era además, una excelente contadora de historias, tan mágica y sublime, tan natural y entregada, que ni ella misma parecía consciente de su don. No se atrevía a hablar, prácticamente ni a moverse, estaba absolutamente atrapado, tenía miedo de que se rompiera el hilo y la alquimia de ella, tenía miedo de que ese momento terminase. Por ello, cuándo notaba que en un punto determinado del relato, Esther se emocionaba o un silencio se alargaba más que el anterior, la animaba a continuar con una suave caricia en su mejilla o un beso fugaz.
 Porque Rafael Martínez se estaba dando cuenta de la trascendencia extraordinaria de ese momento en el que, además de en su amante, su afán, su alegría y sus ganas de vivir, Esther Fernández Navarro se estaba convirtiendo en su compañera.

viernes, 22 de julio de 2011

más que mirarse (XIX)

Yo nunca había creído en la predeterminación, en eso que llaman destino o fado. Nunca lo había hecho, ni en su concepción estrictamente filosófica, calvinista, ni en sus múltiples y arraigadas raíces populares, como cuándo oía a mis amigas decir aquello de estaba para tiel destino me condujo a esto o aquello…No comentaba nada, sólo sonreía, pero interiormente pensaba “esto” no es más que el resultado de tus acciones, lo que tú te has forjado. Dejar los resultados y las respuestas en manos del destino, no sólo se me antojaba una manera infantil de ver la vida, sino también la cobardía infame de no asumir las consecuencias de los propios actos. Detrás de esta concepción de la existencia, llámese Dios o destino, estaba el afán de vivir al cobijo del paternalismo, de la dependencia, de no ser responsable de la propia vida. Por supuesto admitía el peso del azar, la coordenada desconocida, el decimal que rompía la perfección del número redondo, la imposibilidad humana de calcular todas las ecuaciones. Pero no pasaba de ahí, de la consciencia de saber que un coche podría matarme al cruzar una calle, que una maceta, empujada sin intención por el codo de una señora que limpiaba los cristales, podía romperme el cráneo. Eso, azar, posibilidades no barajadas. Un hecho muy distinto era imaginar la existencia de un ser todopoderoso, que desde un lugar incorpóreo, mataba su aburrimiento y su soledad de ídolo manejando con pericia los hilos de millones y millones de marionetas infelices, inconscientes de su propia nimiedad. Esa idea sí que me aterraba. Además, desde muy pequeña empecé a cuestionarme racionalmente todos los preceptos inamovibles de la religión. Vírgenes que parían hijos. Señores que caminaban sobre las aguas, que creaban el mundo a partir de la nada, que multiplicaban con sus dedos panes y peces, devolvían la vista a los ciegos y resucitaban tres días después de una muerte terrorífica y atroz. Todos estos hechos desafiaban descaradamente los principios de la física y de la ciencia, así que por fuerza tenían que ser un cuento chino, un mito, una leyenda. Así que prefería la responsabilidad desnuda y despiadada de ser la única responsable de mis acciones. Aún así envidiaba la fe, ese regalo, ese jergón que permitía a tantos vivir sin la aterradora certeza de la nada que proseguía al cajón de madera. Envidiaba la tranquilidad de poder existir pensando que realmente lo que me ocurría ya estaba escrito, y que por tanto no era responsabilidad mía.

Cuando llegué a la vida de Charo, ella necesitaba desesperadamente una hija. Yo necesitaba desesperadamente una madre. Y aún así, la muerte que sorprendió a mis padres en una noche de lluvia torrencial, de oscuridad y presagios, la curva que mi padre no pudo sortear, seguía siendo azar, ruptura del número perfecto. Actos involuntarios y consecuencias, pero actos al fin y al cabo.

Incluso para un ateo la Navidad es una época desestabilizadora y temible. Charo siempre empezaba a acusar un nerviosismo palpable y desasosegante desde principios de diciembre. Yo recordaba sus esfuerzos y su entusiasmo al preparar la navidad para los niños del colegio, como recorríamos incansables papelerías y jugueterías. Salíamos temprano por la tarde, después de comer hija nos vamos ya que luego enseguida se nos echa la noche encima y con el frío que hace te me vas a constipar. Aunque ella siempre era dueña de una mirada dulce, de una sonrisa cálida, de una actitud y un lenguaje corporal que transmitían tranquilidad y paz en oleadas generosas y plácidas, yo notaba como en aquellas tardes, al poco rato de caminar calle Real arriba y abajo, su expresión de iba endureciendo, como las luces y las músicas ñoñas y repetitivas, cansinas, le ensombrecían el alma. Cuando llegábamos a casa, heladas y exhaustas después de horas de esquivar multitudes poseídas por un insaciable afán de comprar, elegir, desechar regalos, ropas, juguetes, ella preparaba una merendola de chocolate caliente y galletas y por fin podíamos retomar nuestro íntimo universo de armonía y sosiego, mientras sentadas frente a la enorme mesa de la cocina recortábamos, dibujábamos, pegábamos, preparábamos las bases de vistosos y alegres murales que sus alumnos completarían al día siguiente en el aula. Luego, antes de cenar, llenaba la bañera de agua caliente, con olor a rosas y me lavaba el cabello con esmero, con masajes rítmicos y placenteros que te acaricien el pelo con ternura es uno de los mayores placeres de esta vida hija…
Después de cenar nos acostábamos en mi cama, casi siempre temprano y Charo me leía en voz queda y narcotizante, libros maravillosos, historias que han formado parte de mi vida como los fundamentos más arraigados y mágicos que puedan existir Las mil y una noches, Cuentos por teléfono, Corazón, Mujercitas, El Rey Lear, El Mercader de Venecia…Se quedaba conmigo cantándome y acariciando mi cabeza hasta que estaba totalmente segura de dejarme tranquila y feliz, apaciblemente instalada en un sueño lleno de fantasías.
Pero yo sabía, con esa intuición sabia e inefable de los niños, que esas fechas no le gustaban, que con sumo placer barrería del calendario los días navideños y saltaría con alegría a la actividad incesante e irreflexiva de los días de enero.

Navidad, 1975

Juan ha vuelto hace un rato con un regalo para mí. Un disco de Sinatra y una edición inédita en España de poemas de César Vallejo. Le he dicho que faltan todavía unos días para Nochebuena, y me ha mirado y sonreído sin decir nada.
Esta mañana me ha llamado el director a su despacho y con esmerada cortesía y dificultad me ha comunicado que el cuerpo de profesores ha decidido que, “dada mi difícil situación moral” consideraban que no era apropiado que participase este año en las actuaciones y teatrillos navideños del centro, que tal vez sería más tolerable para los padres y compañeros “no sufrir la incomodidad” bla bla…en resumen, que no desean que yo sea vista por aquí. Al salir me he encontrado con El Taciturno por el pasillo. Me ha cogido del brazo y mirado de frente para decirme “señorita Alonso, no permita este linchamiento, pida el traslado, cambie de ciudad…no pararán hasta despedazarla…y sería una pena…hay pocas personas como usted” Se lo agradezco de veras, ese hombre nunca sabrá hasta que punto sus palabras han sido sanadoras para mi alma, aunque en ese instante sólo pude asentir y sonreírle desde mis lágrimas dóciles. La cena de nochebuena, en la que sin duda él estará hundido por la infelicidad que estarán viviendo los niños, me aterra.

Navidad, 1975

Al amanecer me despertaron sus dedos dentro de mí, sus besos en mi pecho. Abrí los ojos. Me miraba con ese brillo abultado y brutal del deseo que tan bien le conozco, pero esta vez había algo más, algo casi indescifrable, pero que me sonó vagamente a redención o disculpa. Fue un amor extraño, demorado, cuajado de palabras no dichas o apenas susurradas…se movía dentro de mi tan lentamente que duraban más sus miradas que sus empujes, sin dejar de observar mis ojos y sostener mi cara. Fue un amor triste, triste como una despedida.
Mucho más tarde, después de alargar la mañana entera entre las sábanas, por fin me pidió perdón, por fin quiso saber qué cómo estaba, cómo estaba yo, qué sentía en medio de la debacle inhumana en la que habían convertido nuestros días. Y también por fin puede hablarle de mi angustia, de mis insomnios, de mis amargas pesadumbres de cada amanecer. De el muro malsano y negro que habían levantado para mi en el colegio, de los desprecios de los vecinos y las miradas cargadas de intención. Por un momento pude verle el antiguo y amado destello de la rabia y la pasión “por dios mi amor…que sea precisamente Begoña, que no podrá usar falda en su vida de lo gastadas que tiene las rodillas de tanto agacharse en los despachos de dirección…que sea ella quien te juzgue…me hierve la sangre Charo…” Siempre es así le dije…siempre es así…no importa quién sea…

Navidad, 1975

He recibido postal y carta de Carol. Me cuenta que el embarazo va bien, pero que Carlos está demasiado tiempo fuera de casa, que tiene miedo porque la situación social está muy revuelta. Cada día aparecen autobuses incendiados, tímidas e indignadas revueltas. Los obreros y los estudiantes se organizan, encabezan, como siempre, como en cada país y en cada intrahistoria, estandartes de vanguardia y de cambio. Y que por detrás, aún bajito, pero cada vez más intimidatorio y amenazante, se deja sentir el ruido de sables, igual que siempre, igual que en cada país y en cada intrahistoria. Carlos intenta procurarle la mansedumbre que conviene a su estado, pero ella le nota preocupado y afligido. Se reúne con sus alumnos y otros compañeros largas horas, nadie habla aún abiertamente de un levantamiento militar, pero todos lo temen.

Navidad, 1975

Según se acerca el veinticuatro, las llamadas desesperadas de Loli se incrementan. Le dice que no importa lo que haya pasado, que ella está dispuesta a perdonarle y olvidar, que vuelva a casa. Ya no titubeo al calificar de despreciable esa manipulación emocional que detesto, que tan íntimamente reconozco. Ya no titubeo al preguntarme dónde…dónde está la dignidad de esa mujer.

Navidad, 1975

Es Nochebuena. Bueno no, es Navidad, son más de las doce. Llegué a casa sobre las seis, después de pasar la tarde comprando regalos para Juan, mi madre y mi hermano. También me acerqué al mercado para poder preparar una cena especial. Las luces, villancicos y alegría de la gente consiguieron contagiarme por unas horas e incluso llegué a pensar que por lo menos estaríamos juntos. Al abrirla, la puerta tropezó con el cuero rígido y raído de su maleta, un silencio áspero me taladró la frente. Lo encontré de  pie en la cocina, fumando y esperándome. Me pareció absurdo someterle a la vulgaridad y los rigores de una despedida melodramática, la visión de su maleta era suficiente, así que sólo asentí levemente. Sin embargo, cuándo le vi ponerse el abrigo y la bufanda, un frío glacial, abominable, me nubló los ojos, el miedo lo cubrió todo de una neblina espesa, implacable. Tuve deseos de gritar, de llorar y suplicar que no me dejara sola, pero sólo acerté a cogerle del brazo cuando ya casi traspasaba el umbral de mi  puerta “no lo hagas mi amor…no lo hagas…no vamos a  saber vivir….lo sabes, ¿no?...no vamos a saber…” Asintió a su vez, como queriéndome decir que sí, que lo sabía.
Y ahora estoy sola. Definitivamente sola.

viernes, 24 de junio de 2011

más que mirarse (XVIII)

Rafael Martínez hablaba poco. Por eso cuando lo hacía, siempre le escuchaban con atención y respeto. A su madre le encantaba decirlo, siempre, con cualquier pretexto, Rafa es un chico que sabe hacerse respetar ¿verdad?, afirmación a la que seguían invariablemente un coro de asentimientos y afirmaciones sí, desde luego o sí, lo cierto es que su presencia infunde mucho respeto…entonces ella, orgullosa, proseguía, pues siempre ha sido así fíjate, desde bien pequeño, sólo con una mirada lo decía todo…era un niño muy bueno y muy inteligente, con deciros que aprendió a leer con sólo tres añitos…
A él, según iba creciendo, le iba avergonzando más aquel entusiasmo nada disimulado de su madre mamá por favor, déjalo ya…Porque Rafael Martínez además de serio, era tímido, muy tímido, pero su seriedad camuflaba su timidez y la hacía mucho más tolerable. Su seriedad y el mullido colchón que sus padres le habían procurado desde siempre. Porque a Rafa nunca le había faltado de nada, ni atención, ni cariño, ni medios. Era el primero de tres hermanos y su familia, una familia feliz, no se diferenciaba mucho del resto de las familias felices. Su padre era un hombre trabajador y casero, un mecánico excelente, que se había jubilado como jefe de taller en la Mercedes. Su madre era un ama de casa entregada y complaciente, que exhibía con orgullo las fotos de sus vástagos y decía otros van presumiendo por ahí de sus coches y sus chalets…pues yo presumo de mis tres hijos que bien guapos y buenos que me han salido…Eso también era cierto. Sus hermanas, que siempre habían sido unas niñas monas y graciosas, crecieron siendo mujeres guapas. Rafa no era un guapo de revista, pero con su metro ochenta y su esbeltez, su pelo negro levemente ensortijado, que siempre llevaba más bien largo y sus facciones armoniosamente incorrectas, nariz pronunciada, ojos verdes y profundos, resultaba un hombre muy atractivo interesante decía su madre hay que ver lo interesante que pareces cuando te arreglas un poco hijo. Cuando, entrada la adolescencia a Rafa le nació la conciencia de clase, entendió por fin a la perfección el orgullo materno, porque supo que para los pobres, para el proletariado, su prole era su única y esperanzadora riqueza. Rafael Martínez, además, siempre había sido muy responsable. Desde pequeño sacaba las mejores notas, ayudaba a su madre con la compra y cuidaba de sus hermanas, tanto, que incluso una vez se había dejado romper un brazo de un certero balonazo para evitarle el impacto a su  hermana pequeña.
Pero Rafa no hablaba poco porque no tuviera nada que decir. No. Su cabeza era un hervidero de ideas constante, leía incansablemente e incluso sus sueños eran creativos y fantásticos. Producto de tanta y tan temprana lectura, se poblaban de seres mágicos, catástrofes naturales, viajes submarinos…Este chico vale mucho para la música María, mira que aprender él sólo a tocar el bajo…y era cierto, tenía talento innato para la música. A los pocos meses de estrenar su primer bajo, era capaz de reproducir de oído casi cualquier canción. Porque Rafael Martínez, además de jugar al baloncesto estupendamente señora, es un placer ver a su hijo jugando al baloncesto, le decía a sus padres el entrenador, era melómano desde su primera adolescencia y poseía unos dedos prodigiosos, un don innato en el manejo de sus manos que le permitían reproducir en papel, en cartón, con palillos, con una lata…con cualquier cosa, cualquier forma que se le antojase. Este don hacía las delicias de sus hermanas pequeñas, para las que se afanaba en construir exóticas flores de papel charol, hermosas, exuberantes y mágicas. A su madre la conquistaba enseguida cuando había hecho alguna trastada, recuperando del álbum familiar viejos retratos suyos de cuando era joven, que él reproducía fielmente y hasta mejorándola, sacándola más guapa. De esta manera tan artística se hacía perdonar, y le daba una excusa para comprar otro marco. Siempre le gustó el rock y siempre tuvo muy buen criterio para escoger los discos, primero en vinilo, más tarde compactos, que pedía a sus padres como regalo de santo, de cumpleaños o de reyes que barbaridad hijo…siempre pides lo mismo…yo ya no sé dónde vas a meter tanto disco en ese cuarto tan pequeño…Las estanterías de melamina sostenían en precario equilibrio docenas y docenas de tesoros Led Zeppelín, Oasis, Nirvana, Pearl Jam, Black Crowes, Bowie, Bruce…Se apasionó tanto con Tolkien que antes de cumplir los quince ya había leído tres veces la saga completa de El señor de los anillos.
Rafael Martínez hablaba poco. Pero pensaba mucho. Y eso, a la larga jugó en su contra.
Mucho antes de acabar el instituto, su propia lucidez le había causado un dolor tan sordo y prolongado, que le había hecho perder todo sentido práctico. Esto, unido a un temprano desarrollo de la conciencia política, había desbaratado todo entusiasmo. Porque desde muy joven, Rafa sentía como propias las injusticias, los sinsentidos del afán de consumo y poder de medio planeta, mientras el otro medio carecía de lo indispensable para subsistir. Empezó a ver el mundo como un gran teatro, un teatro absurdo y estúpido, en el cuál, como decía Lessing la gran paradoja es que uno trata de ser y a la larga meramente existe. No entendía el juego atroz del capital, consumir, producir, consumir, producir…no conseguía dejar de ver a los adultos como marionetas en manos de un sistema falso y corrupto, condenado al fracaso más estrepitoso por su propia necedad y avaricia. Rafael Martínez, que siempre había sido un chico tan responsable, tan maduro, tan trabajador, se dio cuenta no sólo de que no tenía ni idea de lo que debía hacer con su futuro, sino que cualquier papel que escogiese sería solo eso, un papel, una ficción, más madera para fundir en los hornos de un sistema que se le antojaba claramente injusto y despreciable. Durante un tiempo muy largo la salvación se llamó Amistad. A pesar de su timidez y su seriedad, descubrió que no tenía dificultades para hacer amigos, y que, inmersa en noches de copas y excesos, de compañerismo y gamberradas, su lucidez dolía menos, conseguía atontarla, embotarla, despistarla en medio de caladas de hierba y vapores etílicos. Sus padres empezaron a preocuparse. Pero consiguió que le dejaran en paz un tiempo, gracias a que, casi sin esforzarse, aprobó el COU y la Selectividad, de rentas, eso sí, estudiando como mucho el día antes, eso también, raspado, pero lo logró. Se encontró a si mismo matriculándose en Empresariales, en parte porque su padre decía que es una carrera con salida, sino mira el hijo de Maruja que no tiene ni veinticinco y ya trabaja en un banco…en parte porque era de las pocas carreras que no exigían nota de corte, y a él, todos los excesos de los últimos años, no le habían dejado el expediente para muchas alegrías. Pero Empresariales, lejos de ser una salida, se convirtió en un callejón ciego. Llegaron los años del nihilismo para Rafael Martínez, de preguntarse qué coño pinto yo en Empresas si detesto todo lo que representa y no me creo nada de sus cálculos y sus teorías…cuando veía a sus compañeros tomando apuntes como posesos, devanándose los sesos con Keynes o con Adam Smith, se descubría  a si mismo pensando que el neoliberalismo le daba náuseas y que jamás podría estudiar algo en lo que no sólo no creía, sino que le daba risa.
Empezó a pasar hasta de las juergas y a quemar las horas muertas tirado en la cama, raspando su bajo o simplemente mirando al techo. Llegados a este punto, sus padres ya no estaban sólo alarmados, estaban aterrados. Rafa acumulaba un suspenso tras otro, ya ni siquiera salía con chicas o con sus amigos y parecía vivir en un universo paralelo, aislado del mundo y de todo lo que representaba. Así fue como Rafa, el chico estudioso y responsable, Rafa, el virtuoso del baloncesto y el bajo, Rafa, el de los dedos prodigiosos de artista, Rafa, el adulto prematuro con aquella seriedad suya tan respetable, se convirtió en la angustia de unos padres que no comprendían que el aparente pasotismo de su hijo no era tal, sino que respondía a una ebullición continua y torturadora de su mente, que, a diferencia de su cuerpo, no conocía el descanso ni las treguas. Y se culpaban, se martirizaban, se preocupaban sinceramente por su hijo no sé qué vamos a hacer con este chico María, no le veo futuro ni salida…
Durante muchos años, para Rafael Martínez la salvación se llamó Isabel Santiso. La salvación tenía un tipazo y una cara preciosa, era alegre y extrovertida, y sobre todo, amó a Rafa desde el principio. El principio fue una noche de Sábado en la Ciudad Vieja. Rafa llevaba ya muchas copas encima, tantas, que estaba pensando en volver a casa, cuando Beltrán apareció con ella y dos chicas más. Rafa no le hubiera dedicado más de dos minutos de su tiempo, como hacía con todas las que le presentaban, pero ella era tenaz y locuaz y parecía no advertir, o simplemente pasarse por el forro, todos sus gestos de impaciencia y sus bostezos.
Isabel era una chica sencilla, amable. Además era muy guapa. No muy alta, pero con unas facciones intachables, nariz pequeña y recta, labios carnosos, ojos verdes y un pelo rubio tan rubio que parecía blanco, rizado y vuelto a rizar sobre si mismo hasta el infinito, una maraña bella y luminosa. Además, contrastando mucho Rafa, era divertida y despreocupada, hasta superficial en ocasiones. Acababa de terminar Graduado Social y no le daba más vueltas a la vida que el deseo de colocarse en una gestoría y seguir saliendo y  divirtiéndose con sus amigos. Empezó a quedar con ella sin expectativas, sólo por echar un polvo y ver que pasaba. Además, estaba encantado con eso de ser la envidia de sus colegas y tener por fin una medalla que enseñar a sus padres. Era fácil. Isa se metía en el bolsillo a todo el mundo. Tenía una conversación amena y siempre se convertía en el centro de todas las reuniones. Desde el principio fue en un bálsamo para el alma de Rafa, que ya no podía con tanta desazón y desencanto. Pasaron los meses y comprendió que difícilmente podría prescindir de su frescura, de su visión práctica de las cosas, del punto de cordura y realidad que le equilibraba. Y sobre todo, no podría prescindir de su adoración. Porque Isabel, más que quererle, le adoraba. Escuchaba atenta y embelesada todo lo que él decía, como si fuera su oráculo, le admiraba hasta la devoción y ni se le pasaba por la cabeza cuestionar o tan siquiera matizar nada de lo que él decía. Le habría seguido hasta el mismísimo infierno si él se lo pidiera. Esa mujer era su alimento. Enseguida comprendió que deseaba contagiarse de su energía y sintió la necesidad de tenerla cerca cada momento, como un talismán. No tardaron ni dos años en irse a vivir juntos. El tiempo que a él le llevó ponerse a estudiar como un loco y sacarse la oposición de Justicia, que no era lo que deseaba, pero era algo, un arma, una forma de tener a esa chica en su cama cada noche y poder sentir el calor de su admiración y su deseo cada segundo. Sus padres no daban crédito a los beneficios que esa joven providencial había traído a sus vidas, así que se esmeraban en mimarla y tratarla como a una hija. Durante muchos años, la vida fue sencilla. Trabajaban durante la semana, salían con sus amigos y se divertían los fines de semana. Incluso se casaron. Nada formal, una ceremonia de quince minutos en el juzgado. Pero Rafa no pudo dejar de pensar en la suerte que tenía y en lo preciosa que estaba su mujer, con sencillo vestido blanco y margaritas en el pelo.
Pero el nihilismo y la lucidez, tantos años ignorados, mantenidos a raya en el fondo de su alma, volvieron a aparecer. Cuándo ella le manifestó su deseo de tener un hijo, él le contestó que realmente él no quería tener hijos. Para qué, para qué más prole que alimente la maquinaria. Ella no le creyó…algo un poco definitivo como para no comunicárselo a tu pareja antes de casarte, no te parece?... No mentía cuando le dijo que no había intención, que simplemente no había salido el tema…bueno Rafa, es que eso de no salir el tema…no sé me siento un poco estafada la verdad… Pero pensó que se le pasaría, que acabaría aceptando su idea, como siempre. Con Isa todo era cuestión de argumentar, de razonar, siempre acababa comprendiendo su punto de vista. Pero los meses pasaban y ella seguía en sus trece Rafa es que yo siento la necesidad de tener un hijo de los dos…y él …que no mujer, piénsalo bien, los niños atan mucho, dan mucho curro, tenemos un piso muy pequeño…Ella no insistió más, pero se fue alejando. La angustia empezó a envilecerla. Utilizaba el sexo como mercancía. Si él se portaba bien, era cariñoso, y llevaban ya muchos días de abstinencia, transigía. Si quería castigarlo por su indeferencia, se daba la vuelta. Rencores, vacíos, palabras no dichas que se van acumulando. Cada vez compartían menos cosas y la adoración perpetua de ella fue dejando paso a una distancia cómplice pero no comprometida, desligada, desganada, como por cumplir hasta el final y punto… ¿sabes cómo me llamaban mis amigas? “Rafa Dice”, fíjate qué patético…me lo ha confesado Paula, me ha dicho hija menos mal que espabilas porque ya estábamos cansadas de tanto “Rafa dice, Rafa dice”
Así que al final, el miedo a perderla le hizo ceder, conceder. Descubrió tarde que para Isa, él se había caído del pedestal de forma definitiva e irremediable, que la admiración sin fisuras y la adoración eterna, fuentes de las que él extraía la energía y los motivos para vivir cómodamente, se habían roto sin remedio. Y lo peor, que él era el culpable. Porque Rafael Martínez había sido egoísta. Muy egoísta. Se había pasado años instalado en la tibieza y los pliegues cálidos de la generosidad de su mujer, sin preguntarse jamás qué era lo que ella quería, lo que ella necesitaba. La había abandonado a su suerte y la había dejado sola muchas veces, aún estando sentado a su lado en el sofá. Los meses del embarazo fueron un espejismo, un oasis en medio de la desidia del antes y el después. Isa estaba abducida por el bebé y no pensaba en nada más. Él sí. Él pensaba que no sabía de qué manera iba a asumir su no deseada paternidad. Qué como se conjugaba otro cansancio unido al sempiterno cansancio vital, cansancio de todo, que volvía a abrumarle y aplastarle como antaño, mostrándole un futuro tan vacío y negro como el fondo de su alma.
Clara nació a principios de Septiembre y la quiso sin esfuerzo casi desde el primer momento.
Rafael Martínez se convirtió en un padre solícito y compañero. Compañero de Clara. Con Isa las distancias y las brechas de antes, lejos de desaparecer, se hacían más y más profundas. La convivencia se convirtió en un juego perverso. Su incapacidad para estar con ella a las malas, después de haberse beneficiado de su fuerza tanto tiempo, de dejar que fuera ella la que defendiera el baluarte cotidiano de la alegría, del ánimo, de las relaciones con los amigos y la familia, de dejarla bregar sola con el día a día, sin preguntarse jamás si en algún momento no necesitaría ella que alguien tomase las riendas siquiera por unos días, unas horas, le hacía sentirse mezquino y egoísta. Y lo era. Porque aún desde la conciencia de su mezquindad no movía un dedo para invertir la situación. Simplemente no le salía. La evidencia dura y amarga del fracaso. Con el embarazo había ganado mucho peso, su cuerpo se había ensanchado, había perdido la frescura y la alegría. Se tomó la maternidad tan en serio que un rictus perpetuo de preocupación se grabó en su frente. Rafa, incapaz de buscar un remedio, simplemente se dejaba llevar. Ya no deseaba a su mujer, esa era la verdad. Le conmovían los denodados esfuerzos de ella por adelgazar, por gustarse y gustarle de nuevo. Isa empezó a correr. Corría detrás del peso perfecto, del piso perfecto, de más ropa, más muebles,  más cosas, más tarjetas de crédito, más y más medicinas que la curaran de su insatisfacción eterna, extenuante, más y más, corría y corría, y nunca llegaba, porque en realidad lo único que la consolaba era seguir corriendo. Era una carrera demencial y suicida, en la que a cada trecho se destrozaba más a sí misma y a él. Lo que Isa había perdido era a su ídolo, la admiración ciega por su marido, el oráculo que siempre le daría la respuesta correcta. Por muy lejos que corriese, la soledad y la comprensión de que en el fondo, estaba sola, era más veloz, y la estaba esperando, cruel y resabiada, en cada efímera meta que alcanzaba. Ella esperaba encontrarle a él, recuperar la fe en Rafa.  Pero él no sabía seguirla y lo peor, realmente ya no quería hacerlo.
Rafael Martínez nunca fue tan compañero de su mujer como en los últimos tiempos, los de asimilación y ruptura. Simplemente un día empezaron a hablar, cosa que hacía mucho que no hacían, a ser sinceros Rafa yo sé con una certeza que me desgarra, que no puedo hacerte feliz ya, sabes que te di mi corazón en las manos, que te adoraba…Él se sentía roto por dentro, pero entendía y estaba de acuerdo Isa, sea lo que sea lo que buscas, está claro que yo no te lo puedo dar, pero creo que aún no sabes lo que quieres y que te estás convirtiendo en tu peor enemiga... En una cosa estaban de acuerdo… tenemos una hija que es una pasada por favor Rafa no la echemos a perder…no claro que no cielo, en esto sí que vamos a ir de la mano, eh?... Así que por ella, por Clara, protagonizaron la ruptura más dilatada en el tiempo y más civilizada que haya existido jamás.
Pero no fue un consuelo, porque sin ella, sin su compañera, Rafael Martínez, que era un hombre de pocas palabras, se sintió aliviado, pero también confundido y triste. Y solo. Sobre todo solo.
No obstante decidió seguir adelante. Levantarse cada día para ir a trabajar, cuidar de su hija, volver de vez en cuando a su música. Ser el mejor amigo de su ex mujer y alegrarse por ella cuando por fin, vio que conseguía aflojar el ritmo de su frenética carrera hacia ninguna parte, que se permitía a si misma dormir en paz alguna noche. Aprendió a disfrutar de las cosas sencillas y se lo agradeció, porque eso, a fin de cuentas, lo había aprendido de ella.
 No pensaba en el futuro y no esperaba grandes emociones de la vida, cuándo un día, camino del trabajo, al doblar una esquina, vio por primera vez el cuerpo color avellana de Esther Fernández Navarro, doblado por el esfuerzo de alzar una verja. Y sintió como el suelo temblaba bajo sus pies.

jueves, 16 de junio de 2011

más que mirarse (XVII)

Una trampa. La vida se les convirtió en una trampa.
 Tal como apuntaba Charo, los actos decididos  y consecuentes de los hombres valientes raras veces se ven recompensados, al revés. Suscitan las envidias y despiertan los odios de los mezquinos, que se afanan en demostrar que si ellos no se atreven no es por que sean cobardes, sino porque son cautos y sensatos. Y ese afán, esa necesidad íntima y baja de no despreciarse a sí mismos les lleva a mentir, entorpecer, no cejar en el empeño de echar por tierra los logros que, de forma no menos íntima y desgarradora, ellos se saben incapaces de alcanzar. Se resisten a reconocer como moralmente superiores a aquellos que, por el mero hecho de existir, de actuar como actúan, de pensar como piensan, los dejan a ellos a la intemperie de sus propias miserias y cobardías. Por eso no lo pueden permitir. No lo van a permitir. De ninguna manera. Es fácil. Una palabra certera lanzada ante un auditorio propicio, así, como quien no quiere la cosa. Un comentario malicioso repetido aquí y allí, aunque no venga a cuento en la conversación. Una mirada de desprecio, sustentada en una pretendida superioridad moral, sin miedo, con la tranquilidad de saber que todo un coro de seres no menos cobardes y mezquinos que ellos mismos los van a secundar, a proteger, a mantener a salvo del juicio despiadado al que todos ellos van a someter al valiente, sin dudar, sin titubear. Porque dudar y titubear, siquiera por un segundo, equivaldría a reconocer lo que íntimamente saben muy bien. Que los despreciables, los injustos, los del comportamiento censurable son ellos mismos. Esto sigue siendo así hoy en día, siempre ha sido así. Pero en la década de los setenta, en un país como éste, todos los mediocres y los cobardes gozaban del escenario ideal para guarecerse.
 Juan y Charo no pudieron disfrutar ya de un solo momento de paz.
 La decisión de él de vivir con ella, lejos de beneficiarla, la acabó de hundir. Trastocó todas las rutinas. Las páginas de sus diarios que narran uno a uno todos los despropósitos sufridos a lo largo de aquella agonía son desgarradoras. Por lo menos lo son para mi, que paso a paso siento ganas de viajar en el tiempo, correr a abrazarla, decirle por dios Charo no te dejes lapidar así, todo esto no tiene sentido alguno, esto es una locura…
Al mes siguiente tuvieron que mudarse de casa y barrio.
Aunque hubieran obviado las miradas estúpidas de sus vecinos, soportado los cuchicheos y las mediocridades, el casero no iba a hacerlo y les comunicó que debían abandonar el piso enseguida.
 Por su hermano le llegó recado fehaciente de su padre de que ella ya no pertenecía a familia alguna y la entrada en su casa para visitar a su madre quedaba absoluta y definitivamente vetada.
 A él lo trasladaron de centro. A ella estuvieron a punto de suspenderla por comportamiento inmoral y escandaloso. De todos sus compañeros, sólo uno, el viejo Ríos, al que apenas prestaban atención cuando estaban todos reunidos en la sala y al que llamaban Ríos el Taciturno, no le retiró el saludo y la palabra. Todos los demás, en una perversa y retorcida campaña orquestada por Begoña, la hostigaron y humillaron hasta que el aire se le volvió irrespirable.
 Unido a todo ello, las llamadas de Loli se producían constantemente, a cualquier hora del día o de la noche, día tras día. Rogaba, suplicaba, se humillaba, amenazaba constantemente con suicidarse, obligaba a los niños, llorosos y prácticamente en estado de histeria, a ponerse al teléfono, a suplicar a su padre que volviese a casa.
Todo ello los fue sumiendo en un estado de tristeza y neurosis crónico, difícilmente salvable. Nadie soporta tantos frentes abiertos. Y ellos lo sabían. Todos lo sabían. Que era cuestión de tiempo. Que tarde o temprano su castigo ejemplar acabaría por destrozarlos y entonces ellos podrían volver a habitar su simple y predecible universo de hipocresías y morales preconcebidas.
Esta neurosis se fue filtrando poco a poco en sus miradas, en sus complicidades diarias, en su colchón, de tal forma que sus caricias y sus encuentros mágicos de antes se transformaban en actos desesperados y delirantes. Se amaban como si esa vez pudiese ser la última. Tal vez no. Pero tal vez sí.
 Empezaron a intuir con una certeza desgarradora que el andamiaje de su amor no se sostendría por sus propios medios compartidos, que las hordas maliciosas que desde abajo lo sacudían despiadadamente podrían hacerlo derrumbarse mañana. O en un mes. O en un año.
 Pero podrían lograrlo.

Octubre de 1975

Se abraza a mi en mitad de la noche y gime, gemidos largos y lastimeros, como surgidos de un amargo torrente interior que no tiene fin. Me destroza su culpa por su familia, me destroza su miedo a perderme. Me destroza mi propio miedo.
Levantarme cada mañana e ir al colegio me hace presa de un pánico insuperable.
Esta mañana, nada más llegar me encontré en el pasillo a Adela, la bedel, que pasaba la fregona y canturreaba. Esta imagen, tan cotidiana, tan normal, me infundió una efímera sensación de optimismo y me atreví a decir, con una sonrisa “buenos días Adela, qué contenta está usted hoy”…levantó la vista, me miró apenas un segundo, fría y desdeñosa y escupió en el suelo. No pude evitar recordar sus vehementes y exageradas muestras de gratitud el año pasado, cuando me negué a cobrarle las clases de apoyo a su nieta…”qué buena es usted, doña Charo, se merece usted el cielo”, me decía. ¿Qué ha cambiado en mí tanto que a ella o a los demás pueda dañarles? Lo cierto es que me costó bastante reprimir las lágrimas y serenarme antes de entrar en la sala de profesores, dónde, como es habitual desde hace tiempo, todos se callaron repentinamente al verme y bajaron la vista a sus diarios o apuntes, algunos como avergonzados, Begoña con una sutil y apenas disimulada sonrisilla cómplice en los labios. Sólo El Taciturno, como cada día, me sonrió ampliamente, mucho más de lo que lo hacía antes “Buenos días, señorita Alonso, siéntese usted y tómese un café”.
Incluso los niños están distintos. Nerviosos, alertas, como si alguien les hubiese dado consignas. Son los más sanos, desde luego, y, pasado un rato conmigo, se relajan y parecen desechar esas consignas por intranscendentes o no creíbles. Lo peor de todo esto es no poder compartirlo con Juan, dejarme consolar o aconsejar por mi compañero. Si le contase algo de todo este hostigamiento le haría aún más daño. No puedo.
Cómo echo de menos a Carol. Si ella estuviese aquí, todo sería más fácil.

Octubre de 1975

Por si todo fuera insuficiente, esta noche han detenido a Raúl y a Laura. Juan ha estado todo el día angustiado. No tiene miedo por los demás. Tiene miedo por ellos. Dice que Raúl se dejaría matar antes de denunciar o dar nombres. Pero ella está embarazada. Por dios, está embarazada, no deja de repetirlo, al tiempo que fuma compulsivamente y se muerde las uñas. Por lo visto la policía llevaba un mes trasladando a cuartelillo a compañeros de la empresa para interrogarlos. Uno de ellos identificó a Raúl en una fotografía. Les dijo que él era quien manipulaba la multicopista y custodiaba las piezas. Ya está. Es difícil que salgan de esto. No lo digo. Juan no lo dice. Pero los dos lo sabemos.

Octubre de 1975

El teléfono ha sonado a las tres y poco de la mañana. Era ella, Loli. Oía entrecortadamente desde la cama retazos del diálogo de Juan…no, Loli, por favor, no te pongas así…claro que les quiero, Loli…esto no tiene nada que ver con ellos…no les digas eso por favor…tú sabes que no es justo…no digas eso mujer…como puedes pensarlo siquiera…tus hijos te necesitan…como puedes decir esas barbaridades…
Fingí que dormía, pero de todas formas sólo entró en la habitación para besarme en la cabeza y coger el paquete de tabaco de la mesilla. El resto de la noche la pasó en el sofá. Las mañanas que se suceden a las noches en las que ella llama, amenazando con el suicidio y describiéndole un paisaje desolador en casa de sus hijos, Juan apenas me mira. Como si sólo con mirarme la culpa le estallara en la cara. No aguanto. No aguanto…y me pregunto día a día ¿dónde está la dignidad de esta mujer?y ¿hasta que punto soy responsable de su locura?

Diciembre de 1975

Sonó otra vez el teléfono de madrugada y me dispuse a otra noche de soledad. Pero no era ella. Era Esperanza. Para avisar a Juan que Laura ha perdido el bebé, por las palizas. Y que los trasladan a los dos a otra prisión, nadie sabe adónde.
Él colgó el teléfono y vi su espalda deslizarse por la pared, hasta que quedó sentado en el suelo mirando las baldosas, vacío, inerte. Así se pasó horas, sin permitirme abrazarlo, consolarlo. Sé que todo esto está reabriendo en su interior heridas muy viejas. Que no es la primera vez que la brutalidad y la injusticia le arrebatan a alguien. Y no puedo hacer nada, nada. Parece estar más allá de todo, de todos, incluida yo misma.


sábado, 11 de junio de 2011

más que mirarse (XVI)

Entró por la puerta sonriendo y posó sobre el mostrador dos cafés grandes de vecchio y una bandeja de pastelería con alfajores de dulce de leche. Esther no le esperaba tan temprano, por ser sábado y la sorpresa le infundió un cálido, repentino bienestar.

-          buenos días librera…te echaba de menos y me he venido a desayunar contigo…
-          uffff….alfajores de dulce de leche…….mi perdición…- alargó el cuerpo a través del mostrador y le besó en los labios.
Rafa se quedó pensativo y la miró con un gesto dolorido y teatral
-          los he conseguido bajo tortura, así que ya te los puedes comer todos ya….
-          y eso?
-          tuve que esperar unos cinco minutos en la cola de la pastelería…escuchando por el hilo musical una versión de Let it be deeeeeeeeee … Bertín Osborne!! A quien se le puede  haber ocurrido algo tan cruel?

Esther le miró unos segundos, incrédula y conmovida

-joder….sí que es cruel sí…lo siento…lo siento de veras…

Poco a poco, iban ganando para sí mismos parcelas de realidad, compartir un desayuno era una más. El sábado anterior habían ido al CGAI a ver una película, Manhattan de Woody Allen. Y también estaba lo de los sms. Como todas las relaciones incipientes desde el apogeo de los móviles, usaban y abusaban de los mensajes de texto. Para darse los buenos días, las buenas noches, desearse felices sueños, glorificar sus encuentros sexuales… se decían cosas que probablemente, de decirlas cara a cara, les harían sonrojarse hasta las orejas. Pero a Esther los que más le gustaban eran los inesperados, los que llegaban en mitad de la noche o de la mañana, en horas de oficina o de sueño dios como te echo de menos  o  te echo tanto de menos que no puedo dormir/ trabajar…Aún así, aunque él lo había sugerido un par de veces, Esther todavía no le había invitado a su casa. Sabía que, cuando lo hiciera, inevitablemente tendría que hablarle sobre sí misma. El secreter, un mueble extraño, chocante en el ámbito de su salón…las fotos de Charo y de sus padres, que poblaban las paredes y estanterías…todo ello suscitaría preguntas, monólogos, recuerdos…Un paso más, vamos. Además, no se  había sentido bien con lo de Miguel. Un par de días antes, se lo había encontrado en el portal, justo cuando introducía la llave en la cerradura. Se había parado en mitad de la acera y le miraba embobado Estheeer…hola Esther….no sabía que vivías aquí…Recuperada levemente del shock inicial, le había dado dos besos y , cuando llevaban un rato hablando en la calle….cómo estás…bien, bien, trabajando mucho….sí, supe por Lucía que por fin habías conseguido tu librería…sí, ya ves, ten cuidado con lo que deseas ja ja…yo también trabajando mucho, me paso la semana en Madrid, estamos abriendo una planta nueva…que bien, me alegro…dios pero que guapa estás…más por educación que por ganas le había dicho aquello sube a tomar un café si quieres…y claro, él había subido. Enseguida se dio cuenta de que había sido un error. Mientras preparaba café en la cocina, le oyó dar pasos lentos por su salón, sin duda curiosear fotos, libros. No le gustó. Una creciente sensación de intimidad invadida la atormentó. No, él no debía estar aquí. No debía contaminar su presente, su nueva vida propia con reductos del pasado. El pasado es el pasado y lo es por algo. Debe quedarse allí. Cuándo posó sobre la mesilla la bandeja con café y galletas, ya estaba arrepentida a más no poder. Además, se dio cuenta de que ni siquiera le apetecía hablar con él, ponerse al día. Ponerse al día, como hacía con sus amigas cuando llevaban tiempo sin verse, era algo que debía hacerse con entusiasmo, con ganas. Y sólo tenía sentido si existía la comprensión mutua de que también había en común un futuro. No deseaba ningún futuro en común con Miguel.

-éste mueble estaba en casa de Charo, ¿no?
-sí, estaba allí
-siempre me gustó. Me acuerdo mucho de ella, sabes, de lo bien que me trató siempre…
-sí, ella trataba bien a todo el mundo- respondió casi como una defensa, una afirmación que contenía varias  no eras especial para ella…yo era especial…ella era parte de mi vida, no de la tuya…tú ya no eres parte de mi vida…-
- Esther…no creas que para mi no fue duro…la culpa de haberte dejado sola me atormenta todavía…pero estaba muy confundido…no sabía lo que quería…ahora no habría pasado…
-déjalo, Miguel…yo no era tu hija, no era responsabilidad tuya

Deseaba que se acabara el café y saliese de su casa, la incomodidad creciente que la aplastaba era más elocuente que todas sus palabras. Cuando él alargó una mano e intentó tocarla, retiró la suya instintivamente, poniéndose a salvo, y se puso de pie, en una clara invitación a que se marchara. Miguel entendió y se puso de pie a su vez, cogiendo su chaqueta. Ya en la puerta se volvió.

-nunca acabamos de ver Secretos de un matrimonio
- no, nunca la acabamos

Y nunca la acabaremos quiso decir, pero se mordió la lengua. La alusión a la peli de Bergman era cómplice, o lo pretendía. Durante años, cada sábado que salían de copas con sus amigos, o solos, a cenar, y llegaban a casa de madrugada, se tumbaban juntos en el sofá e intentaban retomar a Bergman donde lo habían dejado la vez anterior. La película, en realidad una miniserie, era complicada y aburrida, y siempre acababan durmiéndose al poco rato, abrazados. En realidad, lo que acababa de hacer Miguel era tender un último cabo, aludiendo a Secretos de un matrimonio estaba rescatando algo muy íntimo, algo que sólo les pertenecía a ellos dos, algo que evocaba docenas de momentos de intimidad y ternura

-          siento que todo acabase así, Esther…de veras que lo siento…

     Ella no respondió. Sólo le sonrió amablemente y asintió.


Cuando terminaron los cafés y hasta la última miga de los alfajores, Rafa se despidió con un abrazo y le dijo que la llamaría por la tarde. Estaba casi saliendo cuando Esther le llamó:

-          Eiii….vienes a comer mañana a casa?...pasta con salsa de tomate y vino tinto…

La miró con aquella profundidad suya tan elocuente y sonrió

- Hecho. Yo llevo el postre.