jueves, 6 de octubre de 2011

más que mirarse (XXV)

-         no sé Rafa…la verdad es que me da un poco de miedo…los niños a esta edad son tan impresionables…al mismo tiempo me muero de ganas de conocerla…
-          le vas a encantar…estoy seguro

Estaban desnudos sobre la cama. Esther miraba al techo y le acariciaba el pelo despreocupadamente, mientras él besaba su pecho y deslizaba un dedo sobre su vientre de arriba abajo con parsimonia.
Hacía días que Rafa había planteado el tema de que conociese a Clara. Esther se moría de curiosidad por la niña. Deseaba reconocer en ella rasgos y cosas del hombre que amaba, sin el que difícilmente podía imaginarse ya la vida. Por lo mismo era consciente de la importancia de formar parte de la vida de Clara. No era por ella misma. Se sentía segura de sus ganas de quererla e incorporarla a sus rutinas. Era por Clara. La niña ya había pasado bastante en poco tiempo, sería lógico que no la mirase con buenos ojos, que le tuviera desconfianza o celos.

Rafa se incorporó hasta tocar sus labios con la
 boca y le sonrió con ese bendito brillo que siempre le infundía bienestar y seguridad, esa calma que parecía decirle sin palabras no va a pasar nada malo, no ves que estoy aquí contigo?... Sin dejar de mirarla a los ojos separó sus piernas y entró en ella con facilidad, la hizo rodar sobre el colchón hasta que quedaron de lado en el centro de la cama y subieron al cielo juntos sin hablar y sin separar ni un instante sus pupilas ni sus bocas.

En la ciudad se respiraba el  llamado veranillo de San Miguel, que le estaba permitiendo a todo el mundo disfrutar de días y noches agradables y secos, con temperaturas más que inusuales para esa época del año. Así que decidieron salir a cenar a un restaurante italiano cerca de la dársena, para después pasear por el puerto y los jardines.
A pesar de toda la intimidad compartida, seguían yendo a dormir cada uno a su casa la mayor parte de las noches. Pero esa en concreto, Esther le habló de la idea que le rondaba en la cabeza hacía tiempo de mudarse al piso de Orillamar, aunque, le dijo, le daba un poco de miedo estar allí sola. Enseguida se arrepintió, tuvo miedo de que el considerase el comentario como una invitación. Pero Rafa, que tenía el poder de adivinarla, de anticiparse a sus pensamientos y deseos, adivinó también su falta de certezas y se limitó a mirarla muy serio primero unos segundos, para tranquilizarla enseguida con besos y sonrisas. Le estaba diciendo como tú quieras, cuando tú quieras…y ello lo supo.
Tal vez eso era lo que más maravillada la tenía, esa confianza, ese territorio común que compartían aún cuando no estaban juntos, esa capacidad innata que habían desarrollado de adivinarse mutuamente los estados de ánimo, de saber, por el tono de voz, por las palabras utilizadas, por nada en concreto, las necesidades del otro. Ese hombre parecía un prestidigitador, sabía alejarse y dejarle espacio cuando lo necesitaba y volver a ella en el momento preciso. Siempre respetaba las treguas y los espacios íntimos. Y eso era, sencillamente, genial.

Aunque era sábado, Clara Martínez se levantó temprano.
Había pasado mala noche, inquieta y ansiosa. Aunque mamá había hablado con ella la noche anterior, intentado tranquilizarla, decirle que no pasaba nada, que sólo iba a comer y a pasear con papá y con su amiga, no estaba segura de querer hacerlo, aunque sentía curiosidad por esa chica y la necesidad de medirse con ella, poner a prueba el amor de su padre. Lo que no le hacía ninguna gracia era el temor de que la situación se repitiese cada fin de semana que le tocaba estar con papá, que una extraña invadiese su espacio común y privadísimo.
Papá la recogió a las doce en punto, como siempre. Como siempre también estaba guapísimo y olía de maravilla. Como siempre la besó muchas veces y la achuchó contra su cuerpo.
Fueron a comer a telepizza y después a tomar un café a un sitio muy chulo. Lo que más le gustó de Esther fue que no intentó abrazarla, ni acariciarle el pelo, como hacían todas las desconocidas, que se quedaban como hipnotizadas con su maraña rubia y rizada y siempre le sobaban la cabeza. Ella sólo le sonrió y le dio un beso fugaz en la mejilla. También le gustó que en cada mesa que ocupaban, nunca se sentaba al lado de papá, le dejaba la silla a ella y se sentaba enfrente. Tampoco le cogía la mano ni le daba besos ni nada. Se comportaba como si la invitada fuese ella y Clara la protagonista, como siempre, como debía ser. Al final de todo fueron a dar un paseo por la playa y Esther se quedó sentada en la arena mientras ella cogía conchas y hablaba con papá mucho rato. Después papá fue a comprar unos helados y Clara se sentó a su lado.

-         mi mamá se llama Isabel, ¿sabes? …y es guapísima…
-         sí, desde luego que lo es…la vi un día en mi tienda…no sé si lo recuerdas…
-         sí…me acuerdo, ¿la tuya como se llama?
-         se llamaba Carol …y también Charo…es que es un poco complicado…yo tuve dos mamás…
-         ah…qué raro…pues yo sólo quiero a la mía…no quiero tener dos…
-         ya, es normal, es que mi primera mamá no pudo estar conmigo sabes…pero eso no suele pasar a menudo…así que tú siempre tendrás una sola seguro…pero seguro vamos…
Cuando llegó a casa por la noche y mamá le preguntó que tal, respondió muy tranquila que bien, muy bien. Había despejado sus dudas en cuanto a la chica de las chuches. No era una pesada, no la había achuchado ni sobado, ni tampoco a papá, ni una sola vez. Además, parecía tener bastante claro que las madrastras no tenían porque ser malas, de hecho le había contado que la suya era muy buena. Se retocaba muchas veces los labios con crema de cacao y se peinaba la melena con los dedos. También se miraba en los escaparates. Así que Clara dedujo que los harapos no le gustaban nada, ni para ella, ni para los demás. Y también parecía tener claro que la princesa de aquel cuento era Clara. Y no ella.




martes, 13 de septiembre de 2011

más que mirarse (XXIV)

La mente del torturador. El alma del torturador. Siempre habían sido para mi un misterio, un enigma absoluto. Qué podía llevar a una persona a infringir a otra un tormento insufrible, a experimentar con los límites del dolor ajeno. Cómo se podía vivir con eso, con la consciencia del monstruo interior. Con el recuerdo de las miradas y los gritos, del sufrimiento causado. Más que Pinochet, Videla o Galtieri, figuras visibles y ridículas, grotescas caricaturas de sí mismos, con sus uniformes teatrales y sus gafas oscuras, tan previsibles, de discurso tan manido y risible, me asustaba el otro, el que ejecutaba las órdenes, el siniestro que se encontraba cara a cara con la víctima dentro de la celda, el que accionaba el interruptor que hacía sonar la música, ajustaba el volumen al máximo para acallar alaridos y tormento. El que empujaba la cabeza dentro de la pileta, y ejercía un poco más, un poco más de presión, esta vez vas a tragar más agua. El que empuñaba la picana sobre los genitales y subía un poco más la intensidad, a ver cuántos voltios resiste esta vez. Esa clase de monstruo era el que me fascinaba e interrogaba hasta la repugnancia. Claro que éste tampoco solía enfrentarse con la mirada de su víctima, porque su víctima, generalmente,  tenía los ojos vendados.

Que alguien me diga si ha visto a mi esposo…preguntaba la doña…se llama Ernesto X tiene cuarenta años…trabaja de celador en un negocio de carros… llevaba camisa oscura y pantalón claro… salió anteanoche… y no ha regresado...y no sé ya que pensar pues esto antes no me había pasado…

Apenas estrenada mi adolescencia, junto con el nacimiento de la conciencia y los ideales, el inevitable posicionamiento a uno u otro lado, aunque también se podía optar por la practicidad de la indiferencia,… ¿se podía?... Supe que, en el año en que yo había nacido, en el país en el yo había nacido, con días de diferencia, había nacido el Horror.

Llevo tres días buscando a mi hermana… se llama Altagracia igual que la abuela… salió del trabajo pala escuela… llevaba unos jeans y una camisa clara… no ha sido el novio… el tipo está en su casa… no saben de ella en la PSN… ni el hospital


Ellos, los golpistas, lo llamaron Proceso de Reorganización Nacional, pero en realidad no fue más que una guerra sucia, contra el pueblo, un rosario de devastadores actos de terrorismo de estado, un fenómeno que no era nuevo en Latinoamérica, que tres años antes  se había ejecutado en Chile, por ejemplo, con el beneplácito y la financiación de los Estados Unidos. De la iglesia católica. De la gente de bien. En mi país no fue distinto. Se arrasaron los derechos individuales, las libertades públicas y privadas. Se torturó, se mató, se desapareció a más de treinta mil personas. Treinta mil.
Desaparecidos…no dejaba de ser una suerte de absurdo eufemismo, que no hacía sino agrandar más el dolor de los que se quedaban, que no podían ni siquiera enterrar a sus muertos, porque ni siquiera estaban oficialmente muertos. De esta forma también se les vetaba la dignidad, la asunción de la tragedia y el camino de la recuperación, si es que ésta era posible.
No sabía por qué, pero quería saberlo todo, me agenciaba documentales, periódicos, películas, que invariablemente me dejaban en un estado lamentable, presa de la rabia y la impotencia. Preguntaba a Charo, ella me miraba extrañada, me decía déjalo ya Esther, es bueno que sepas, que todos sepamos…pero esta obsesión…no me gusta
Según fueron pasando los años dejé de investigar. Incluso pasados los veinticinco, me hacía tanto daño, que intentaba no mirar, cambiaba de canal, pasaba de hoja.

Que alguien me diga… si ha visto a mi hijo… es estudiante de premedicina… se llama Agustín y es un buen muchacho…a veces es terco cuando opina… lo han detenido…no sé que fuerza…pantalón blanco camisa a rayas…pasó anteayer…

Y ahora esto. Y en los diarios de mi madre no había siquiera una mención, un dato. O tal vez, ella misma había hecho desaparecer los cuadernos que recogieron el miedo y la angustia. Seguramente, mi  madre me estaba protegiendo.

Detenían a las personas en sus casas, de madrugada, con la impunidad que les prestaba la oscuridad y la más que probable indeferencia del vecino. Al amparo de la noche, como los asesinos, como los delincuentes, como lo que eran, al fin y al cabo. Irrumpían a fuerza de odio y culatazos. El país estaba sembrado de centros de detención ilegales e improvisados, probablemente el de  la ESMA, Escuela de Mecánica de la Armada, fue el más grande, a saber si el más siniestro.

Ser estudiante. Ser obrero. Profesor universitario. Pertenecer a un sindicato.  Todo. Nada. Todo y nada podía ser motivo de secuestro, tortura, violación, ejecución.

Mi  padre y sus alumnos se hicieron visibles para sus verdugos por solicitar un bono bus para los estudiantes que vivían lejos y tenían que caminar horas para asistir a clase. Un bono bus.

Clara Quiñones se llama mi madre…ella es un alma de dios no se mete con nadie…y se la han llevado de testigo…por un asunto que es nada más conmigo…y fui a entregarme…hoy por la tarde…y ahora di que no saben quien se la llevó del cuartel…

Mi padre sufrió secuestro y tortura durante meses en un lugar llamado El  pozo de Quilmes. Hacía meses que no dormía, que pasaba las noches alerta, muerto de miedo.

La madrugada del dieciséis de septiembre oyó pasos y golpes y arrancó a mi madre de la cama, me puso en sus brazos y la ayudó  a saltar la tapia que separaba su jardín del vecino. Luego entró en la casa y se dejó detener. Mi madre pasó los días siguientes recorriendo hospitales y comisarías, averiguando. Supo que la misma noche se habían llevado a diez alumnos, todos de entre dieciséis y dieciocho años. Pero se los había tragado la tierra. Nadie sabía adónde se los habían llevado, si estaban vivos o muertos.

Adonde van los desaparecidos…busca en el agua y en los matorrales…y por qué es que se desaparecen…porque no todos somos iguales…y cuándo vuelve el desaparecido…cada vez que lo trae el pensamiento…cómo se le habla al desaparecido…con la emoción apretando por dentro…

Charo cuenta que la pobrecilla llamó a todas las puertas, que no descansó ni de día ni de noche. Muchas de esas puertas se cerraron. El miedo, la injusticia, la indiferencia, las cerraban. Mi padre ya no era una persona, era un elemento subversivo, y por lo tanto susceptible de aniquilación y ejecución con total impunidad de sus verdugos.
Mientras tanto, a Charo la impotencia la mataba. Y se vio obligada a volver a pisar la casa de su padre. Y a pedirle dinero. El dinero necesario para sacarnos a mi madre y a mí del país y traernos aquí. Escribía a Buenos Aires de forma constante, rogándole, suplicándole a Carol que volase conmigo, que ella se encargaba de todo. Pero mi madre se negaba a dejar a su marido allí. Decía que ella sabía que estaba vivo, que iba a volver. Y tuvo razón.
Mi padre apareció tirado en una cuneta, en las afueras, la madrugada del quince de diciembre. El camión de un trapero lo recogió y lo dejó en la puerta de nuestra casa. Cuándo mi madre lo vio, le llevó unos segundos reconocerlo. Estaba cubierto de costras, escuálido, derrotado. Y así siguió el resto de sus días, que no eran demasiados. Porque nunca salió del todo de El Pozo de Quilmes. La parte más intima de si mismo, la que había visto de cerca los ojos de la maldad y  la locura, no pudo olvidar. Fue incapaz de borrar el pálpito del terror cada vez que le arrastraban de su celda a otra, dónde había un médico que medía la capacidad de aguante no no sigan por hoy muchachos, déjenlo un par de días porque sino este pájaro no sale…dónde una mano le sumergía la cabeza en agua sucia y él, que nunca había rezado, pedía que por favor no más, que esa fuera la definitiva. No podía borrar el terror de los ojos de Lidia, que sólo tenía diecisiete, que era alumna suya, que era muy guapa, que era una niña. Y cada vez que venían por ella sonaba música clásica muy alta, porque eran varios y todos hacían lo que querían.

Anoche escuché varias detenciones…putún patá putún peté…tiro de escopeta y de revolver…carros acelerados…frenos… gritos…eco de botas en la calle…golpe de  puertas… quejas…pordioses…platos rotos…estaban dando la telenovela…por eso nadie miró pafuera…

Finalmente volamos a Madrid, con el dinero del padre de Charo, a principios de mil novecientos setenta y ocho. De allí a Santiago.  Mi padre sufrió lo indecible con tantas horas vuelo, no tanto por las secuelas físicas, por sus huesos machacados y mal soldados, como por la claustrofobia insufrible que había contraído en El Pozo, y que le hizo ahogarse y buscar el aire con angustia durante el resto de sus días.



Febrero 1978

Desde anoche los tengo instalados en mi casa. No puedo decir que felizmente, porque no reconozco a Carlos en la mirada extraviada y acuosa de este viejo prematuro. He observado que no soporta ventanas ni puertas cerradas, se agarra la garganta como si el aire le quemara y sale continuamente a la puerta, dónde se queda ratos muy largos mirando nada y fumando. A Carol también le pesa el sufrimiento en los ojos, nunca la he visto tan cansada. Pero se le ilumina la mirada con la niña, que es bastante tranquila y sonríe como una bendita. De momento se quedarán unos meses conmigo en la aldea, aún es pronto para pensar en otra cosa que no sea descansar.

Marzo 1978

Anoche Carol y yo conversamos hasta tarde. Parece pedirme perdón por su falta de alegría, como si hiciera falta. Mi dolor, mis pérdidas me parecen nimias al lado de toda esta locura…" sabes Charo…yo doy las gracias por tenerle conmigo, por que su hija haya llegado a conocerle…pero nunca…jamás…no perdonaré nunca… y sé que nadie me devolverá  a mi hombre, el hombre fuerte y valiente que yo conocía…durante los primeros días los tuvieron en un sótano húmedo y oscuro, separados por mamparas, de pie, atados al techo con una especie de cadena…desnudos…algunos días no les vendaron bien, o la venda de los ojos se escurría…y lo que Carlos vio…era dantesco…aquellos hombres iban allí a torturar y violar como quién va al trabajo Charo…incluso fichaban al entrar y al salir…Carlos oía sus conversaciones triviales, sobre su familia…tenían hijos…familias…sobre fútbol…sobre el mundial…se quitaban la chaqueta y se remangaban…desataban al desgraciado o desgraciada que tocara  y se lo llevaban a una habitación minúscula, asfixiante y oscura…y bueno…no puedo dejar de pensar que cómo…cómo volvían luego a fichar y a sus casas…y besaban a sus hijos…no puedo…”

Adonde van los desaparecidos…busca en el agua y en los matorrales…y por qué es que se desaparecen…porque no todos somos iguales…y cuándo vuelve el desaparecido…cada vez que lo trae el pensamiento…cómo se le habla la desaparecido…con la emoción apretando por dentro…


En mi país se intentó borrar las huellas de la barbarie por ley, por decreto, y aunque suene absurdo, es cierto, se llamó Ley 23.492, De Punto Final. Con ella se paralizaron todas las causas judiciales abiertas contra los asesinos y los militares que lideraron las juntas y auspiciaron todo el horror. Hubo otra ley, se llamó Ley de Obediencia Debida, que tenía la misma finalidad, decretar la impunidad de todos ellos. Se cayeron por su propio peso, pero lo hicieron cuándo, como en el caso de Pinochet en Chile, muchos de los verdugos habían tendido una muerte tranquila en sus camas, o eran tan viejos que su propia miseria les libró de un castigo que sería justicia.
 Entonces no lo entendí. Pero se me quedó grabada a fuego una mañana de domingo, en casa de Charo.
 Las noticias, en blanco y negro, arrojaban la imagen de un viejo, vestido de militar, que comulgaba en una iglesia muy grande. Mi padre, como si la comida estuviese podrida, reprimió una arcada y salió corriendo al baño, dónde oímos los estertores de un vómito compulsivo, mientras mi madre y Charo cruzaban una mirada horrorizada .Unos instantes después, mi madre corrió al baño, y yo detrás de ella. Antes de que Charo me cogiera en brazos y cerrara la puerta, vi a mi padre de rodillas sobre las baldosas, se aferraba a mi madre, que permanecía de pie, por la cintura, y hundía la cara en su vientre. Ella le acariciaba el pelo y me miró un instante, cubierta de lágrimas. No supe descifrarlo entonces, pero yo nunca le había visto a mi madre esa expresión de asco y de pena.

 Aquel viejo de la tele era Jorge Rafael Videla, comulgando en la catedral de Buenos Aires, amparado por la iglesia y por la ley.

Ahora pues, entendía muchas cosas…tantas cosas. Entendía que Charo intentase apartarme de una historia siniestra que era mucho más mía de lo que yo podría imaginar jamás. Que mi madre no escribiese nunca sobre aquello. Pero ahora tenía treinta y cinco años. Y era más fuerte y más capaz de soportar la verdad. Y la verdad era mía. Y era atroz.

Adonde van los desaparecidos…busca en el agua y en los matorrales…y por qué es que se desaparecen…porque no todos somos iguales…y cuándo vuelve el desaparecido…cada vez que lo trae el pensamiento…cómo se le habla la desaparecido…con la emoción apretando por dentro…*


De Rubén Blades, “Desapariciones”


domingo, 4 de septiembre de 2011

más que mirarse (XXIII)


Hay pocos placeres comparables a compartir una comida generosa con amigos, buen ánimo y una conversación inteligente.
 Esther casi no tenía dudas de que la cena con Ana y Alberto sería un éxito, que Rafa les caería bien.
 Pero aún así estaba tan nerviosa como ilusionada con la ocasión. La idea había sido de Ana… ¿qué?… ¿piensas guardarte a tu amante prodigioso sólo para ti o lo vas a compartir con los colegas?… le respondió instantáneamente, sin pensar en comentárselo a él antes siquiera... claro…podemos cenar en vuestra casa el viernes si te apetece…Ana la miró asombrada, con la sorpresa del que descubre que ha acertado una lotería aceptable…hija, si llego a saber que sólo bastaba con proponerlo lo habría hecho hace meses…
El viernes cerró antes de la hora al mediodía y corrió al súper. Compró queso tierno, jamón cocido, huevos, calabacín y masa de hojaldre.
 Al llegar a casa puso el directo de REM, abrió una coca-cola zero y se enfundó en el delantal. Tenía las instrucciones culinarias de Charo grabadas a fuego y casi le parecía oír su voz mientras las ejecutaba con mimo pones papel de horno y luego extiendes una capa de masa…así, con cuidado de que no se te rompa, ves?... luego una capa de lonchas de queso y encima el calabacín muy picadito y tomatitos cherry cortado en juliana…bates un huevo y lo extiendes por encima…un poquito de sal y pimienta…ahora pones el jamón y por último tapas todo con otra capa de masa…vuelves a extender huevo batido y sellas los bordes con un tenedor…ves? Lo haces con delicadeza, para que el dibujo quede pulcro…lo metes al horno unos veinte minutos, primero sólo por abajo, luego unos minutos por los dos lados y al final gratinas…
Mientras que la tarta salada se horneaba, preparó el mejunje de la tarta de queso, que era sencillísima y siempre le salía rica. Sonreía como una tonta recordando la reacción de Rafa, más divertido que enfadado por haber aceptado sin consultarle…el viernes? Ummm…no sé….creo que he quedado con una estudiante de Monte Alto…pero claro tonta!!! Cómo no voy a querer ir? Me muero de ganas de conocer a Ana…en realidad me has hablado tanto de ella que me parece conocerla ya…si quieres que vengan a mi casa…
El problema del piso de Esther era que su salón era demasiado pequeño para ese tipo de eventos, por eso siempre intentaba colaborar pero no ser la anfitriona. A veces pensaba que era un poco tonto mantener el piso de Orillamar cerrado a cal y canto. Pero aún no se sentía preparada para volver a vivir allí. De todas maneras si la situación de bajada de ventas se mantenía en la librería, tendría que considerar la idea de pasar del alquiler. Cuando todo estuvo listo, cambió el CD, y mientras Bowie llenaba el espacio con The man who sold the World, se metió en la ducha. Escogió vaqueros pitillo, camiseta negra escotada, tacones y americana. Se miró al espejo y descubrió que le faltaban pendientes largos de plata para poner la guinda. Se gustó. Iba a cenar con su familia. Quería estar guapa.
Cuándo llamaron al timbre, a eso de las diez, las piernas le temblaban. Rafa, sin embargo, sonreía lleno de tranquilidad, infundiéndole coraje. Y también orgullo. Estaba guapísimo, también con foulard y americana, desprendiendo un sutil y elegante aroma  a Cacharel.

Ana les abrió con una sonrisa de oreja a oreja y una salida de las suyas

-          Hombre, pero que buena pareja hacéis…que barbaridad…si parecéis los Beckham…

Alberto salió de la cocina con el mandil puesto, abrazó a Esther e intercambió con Rafa el consabido apretón de manos. Los hombres nunca se dan dos besos.
Esa noche Esther fue feliz, feliz de verdad. Todo fue fluido y fácil, como si hiciera siglos que los cuatro se conocían. La cena se alargó hasta las tres de la mañana y terminó con copas, luz suave y música.
Al abandonar el portal descubrieron que una lluvia leve pero insistente caía sin piedad sobre coches y aceras, mojándolo todo. No les importó. Caminaron abrazándose, besándose, a trompicones, parándose largos ratos para besarse y mirarse, indiferentes al aguacero que les empapaba la ropa, el pelo, la cara…
Abrieron del calentón portales, ascensores y puertas, para terminar sobre la cama de ella, un revoltijo de calor, saliva y ganas.


jueves, 18 de agosto de 2011

más que mirarse (XXII)


Cuándo llegó allí en el verano de 1976 la casa estaba en un estado lamentable.
Era una construcción anodina desde el punto de vista arquitectónico, un ejemplo rotundo de feísmo. Todo cemento, ladrillo y pintura blanca. Vista desde cierta distancia, semejaba una caja de zapatos, estrecha y alta. Estaba literalmente dividida en dos mitades. En la mitad derecha, el aula de los niños más pequeños de la aldea ocupaba todo el piso de abajo. Un encerado amplio cubría toda la pared frontal. El resto del mobiliario era muy parco, los consabidos pupitres y sillas y un armario escueto. Eso sí, resultaba más amplia y acogedora de lo que su presencia externa prometía. Una escalera vulgar, de terrazo, comunicaba la planta baja con la vivienda del maestro, en el piso superior. La mitad izquierda era exactamente igual, abajo el aula de los mayores, arriba otra vivienda.
Yo no la había visto nunca por dentro. Cuando Charo me llevó allí, muchos años después, las escuelas unitarias ya habían desaparecido en España bastante tiempo atrás, pero las dos espiábamos ávidas los despojos desde la sucia y rota cristalera, yo con curiosidad, Charo con nostalgia ves…aún quedan restos de murales y dibujos…dios mío…cuánto frío he pasado yo entre estas paredes…yo coloqué allí una estantería para los cuentos, la pagué de mi propio bolsillo…ya no está…claro…hace tantos años… La visitamos varias veces, repartidas entre finales de los noventa y principios de década. Ella no dejaba de asombrarse de que una distancia de apenas hora y media en coche desde Coruña, hubiera logrado tantos años antes hacerle sentir como en otro mundo, otro espacio, otro hábitat dónde nadie la conocía ni la juzgaba. Era una aldea mínima, todo verde y bosque, limpieza y oxígeno puro, silencio. A mí siempre me asombraba ese silencio. Habían pasado treinta años, el mundo iba a su velocidad, pero allí podías pasear horas sin oír más que el trino de los pájaros. Estaba muy cerca de la playa de Barizo y de un pequeño pueblo de pescadores.
 Charo me contaba que solía ir allí una vez por semana, normalmente los sábados por la mañana, para surtirse en la tienda de comestibles de lo poco que necesitaba para ella sola, azúcar, tabaco, café, galletas…En la propia tienda estaba el único teléfono público que había en muchos kilómetros a la redonda. Desde allí llamaba a su madre y su hermano. A mis padres. A los pocos amigos que habían demostrado serlo tras la hecatombe. Para una señorita de ciudad, como ella, el cambio tenía que ser devastador o glorioso, pero siempre más que significativo. Me contó miles de cosas de allí a lo largo de su vida. De cómo se había sentido a salvo, querida y respetada. De cómo los padres de sus alumnos, de casas vecinas le llevaban de todo con todo lo que me traían podría haber alimentado a una familia entera, Esther…siempre lo mejor…verduras, frutas, pescado, patatas, conejos, pollos…pero todo natural, no te creas que era como lo que comemos ahora…todo de sus tierras y de sus árboles, de su trabajo…a mi al principio me daba reparo…pero descubrí enseguida que lo que realmente les ofendía era que lo rechazara…era gente amable y generosa y respetaban muchísimo mi trabajo…así me lo demostraban…
Claro que lo que ellos no sabían, lo que yo no sabía, era que Charo estaba huyendo, que había escogido el destino más remoto posible dentro de la provincia, para no ver, para no recordar, para lamerse en silencio las heridas.
 Por eso me costaba entender que una mujer como ella, joven y hermosa, renunciase con una calma pasmosa a las diversiones y la vida social de la ciudad, cambiase su entorno de siempre para enterrarse en una aldea perdida. Que en verano siempre vistiese sólo dos o tres vestidos ligeros y en invierno pantalones flojos y gruesos jerséis de lana tejidos por su madre, botas de goma y calcetines gordos. Cuándo me lo contaba nunca acababa de comprender todas mis blusas de seda…mis faldas plisadas y mis abrigos buenos se apolillaron, la humedad en aquella casa era tan atroz que cada semana me encontraba un vestido mohoso, unas botas de piel echadas a perder…me acostumbré a vivir con casi nada, sin vanidad ni presunción…ya ni siquiera me soltaba el pelo…eso sí, fueron un años intelectualmente muy prolíficos…leí muchísimo…escribí muchísimo…eduqué a una generación entera de esa aldea con dedicación absoluta… Ella solía referirse a esa época como “mis años de Jane Eyre”.
 Ahora entiendo por qué, también huía, como Jane, sólo que para ella no habría reencuentro.

Junio 1976
Por fin ha terminado el curso. He ido a trabajar los últimos seis meses como un robot, procurando no pensar, no mirar, no sentir. Tengo confirmado el destino en Mens a partir del próximo curso,  es una escuela unitaria, con mucho trabajo y en condiciones muy humildes, pero ha sido fácil, nadie lo quiere, así que tendré asegurada mi morada durante años. Mi padre insiste a través de mi madre para que vuelva a casa. Le he contestado que no la volveré a pisar mientras él viva. El sábado por la noche llamaron al timbre y era Raúl. La amnistía posterior a la muerte de Franco le ha salvado la vida y la libertad. Laura ya no está con él. No han podido superar el dolor y la pérdida del bebé. Me contó que Juan se marcha también de la ciudad, que ha aceptado un destino cerca de Santiago, que se muda con su familia. Que lo ha encontrado visiblemente más delgado y destrozado. No he querido saber más. Esta mañana se me ha acercado Delia, una niña especialmente sensible y aplicada que siempre me ha gustado y me ha dicho “Doña Charo, ¿es cierto que se marcha?” le he contestado que sí, me ha mirado” mi mamá dice que usted es mala y que mejor que se marche”  esto último me lo dijo llorando la pobrecilla, así que me he agachado y le he preguntado “¿ y tú que piensas cielo?” ….” Yo creo que no es cierto y que la voy a echar mucho de menos” Le he dicho que eso es lo que importa, lo que ella crea.
Por lo demás, pienso en él cada día, cada minuto, cada segundo. Lo amo, lo odio, lo necesito, lo añoro, lo desprecio…todo y nada a la vez. No tengo nada.
Junio 1976
Carta de Carol. La niña, con apenas dos meses, duerme o está en su pecho todo el día. Me cuenta que tiene mucho miedo, que tras el levantamiento militar de marzo han detenido a algunos conocidos de Carlos, de los que nadie parece tener razón ni noticia. Tiene miedo por él, por ellos, por los tres. Yo también lo tengo.
Puedo ocupar la casa a principios de mes, así que ya estoy metiendo en cajas y maletas todas mis cosas. Aquí no pinto nada. Allí tendré todo el verano para limpiar, pintar, comprar muebles y enseres. Estrenar mi nueva vida de ermitaña.
Pedro viene conmigo para llevar mis cosas y ayudarme a instalarme.

Julio 1976
La casa es desapacible y fría, aún en verano. Las ventanas son de madera y se filtran las corrientes aún estando cerradas. Eso sí, es bastante grande. Tiene una cocina amplia, con una cocina de hierro, cuatro habitaciones y un salón. Mi hermano se quedó conmigo una semana entera. Una vez inspeccionada, volvimos a la ciudad y compramos una cama grande, unos sofás de piel color camelº, una mesa para la cocina y otra para el salón. Todo de segunda mano, sólo el colchón es nuevo. El resto de los ahorros se me han ido en abastecerme de colchas, sábanas, toallas, telas vistosas para cortinas y menaje. Pedro les dio una cantidad considerable para que me lo trajesen todo al día siguiente.
He pasado días enteros limpiando, blanqueando paredes y baños, cosiendo cortinas. Esta mañana me he levantado temprano y he hecho café. A través de la ventana de la cocina sólo se ve verde y más verde, salpicado de escasas construcciones de piedra y hasta un castillo. Parece un cuento. He pensado que a él le gustaría.
Ah, hay ratones.



viernes, 5 de agosto de 2011

más que mirarse (XXI)

Clara Martínez Santiso se sintió perdida durante largos meses.
Hasta aquel momento su vida había sido fácil. El universo se reducía a su padre, su madre, sus abuelos y la gente del colegio. Los últimos elementos eran periféricos. Sus padres, su casa, eran el centro, el sol, la vida. Clara no había convivido con otras familias, así que para ella era normal que su madre durmiera en una habitación y su padre en el sofá. Siempre había sido así, así que por fuerza tenía que ser normal.
Lo que no era normal era que su  padre no estuviese cada mañana en el sofá, que sus cosas no poblaran armarios y estantes, que su cepillo de dientes no compartiese vaso en el baño con el de su madre y el suyo propio. Eso sí que la inquietaba y desconcertaba.
Eso y el hecho de que en aquella guerra silenciosa no había malos, nadie a quien culpar, un madrastra malvada, un brujo despiadado, como en los cuentos que su padre le leía cada noche. Una figura negativa y absolutamente culpable de todos los males, un  personaje cuya muerte o desaparición devolviera la paz y la armonía y reestableciera el orden en su universo. En este cuento todos eran buenos, todos eran amables, todos necesarios. Y todos sufrían, y se hacían daño sin querer, que era el daño más tonto que se puede hacer, pensaba Clara.

Para Clara Martínez Santiso el Universo se había resquebrajado una tarde de Marzo.

Jugaba en el patio del colegio con sus compañeros, tras salir del comedor, cuándo sintió una alegría inmensa al ver a papá y a mamá esperándola en la puerta. Normalmente siempre venía uno de los dos, pero ese día estaban allí juntos, sonriéndole desde el portón de hierro. Corrió a por su mochila y sus cosas mientras pensaba que eso sólo podía significar que se iban los tres a merendar al burguer, o a comprar ropa para ella, o al cine. Pero papá le dijo que no, que iban al parque de Santa Margarita, para sentarse los tres en la hierba y hablar. Por el camino, papá procuraba hacerla reír, con juegos y cosquillas, pero Clara se dio cuenta de que todo el rato miraba a mamá con preocupación, y que ella sonreía con esfuerzo, pero tenía cara de pena y parecía a punto de echarse a llorar todo el tiempo. Aún así, mamá no lloró.
 No lloró mientras le explicaba cosas extrañísimas, como que a partir de ese día papá no iba a dormir más en casa, que se iba a mudar a otra casita muy chula, en la que ella podría estrenar una habitación nueva preciosa, con esa camita azul del Ikea, con mesita y armario a juego, que a ella tanto le fascinaba cuando observaba embobada la exposición. Que todo iba a ser mucho mejor, porque así tendría dos casas, con doble de juguetes, doble ropa, doble de todo. Que pasaría fines de semana enteros en su habitación nueva. Que podría ver a papá todos los días, siempre que quisiese, en cualquier momento, a cualquier hora del día o de la noche.
 Pero a pesar de sus padres le estaban contando una historia en la que todo parecían ventajas, Clara Martínez Santiso percibió que éste cuento no era como los de los libros. Que sus padres se esforzaban por sonreír y parecer relajados, pero ella los conocía bien, muy bien, y sabía que por fuerza aquel cuento, aunque no tuviese brujos ni madrastras malvadas, ni monstruos, tenía un lado siniestro y peligroso, que papá y mamá intentaban que ella no viese, como cuando pasaban escenas de alguna película o se saltaban algunas páginas de ciertos cuentos.
 Clara escuchó y escuchó mira cielo, papá y mamá se quieren mucho, muchísimo…pero para ser más felices los tres, papá tiene que vivir en su propia casa…lo entiendes, ¿verdad cielo?....pero Clara no entendía. No entendía nada. Sólo sabía que ella no iba a ser más feliz así, que no le importaba tener otra habitación, aunque fuese la azul del Ikea, que ella era feliz teniendo a papá en casa todo el rato, que si para verle tenía que llamarle, aunque fuese a cualquier hora del día o de la noche, era porque no iba a estar cerca de ella.
Aquella noche Clara Martínez Santiso durmió mal. Una pesadilla en la que vagaba perdida en un cielo negro y sin estrellas, atrapada en lo alto de una cama azul de la que no podía bajarse sin caer al vacío, la atormentó y la escupió a la realidad de su habitación de siempre, de su cama blanca y rosa, empapada en sudor y llorando desconsolada.
 Mamá apareció corriendo por el pasillo, le besó en la frente y en la cara, y en el pelo y le cambió el camisón por uno seco, y le dijo mil veces muy bajito no pasa nada mi niña preciosa no pasa nada todo está bien…se acostó con ella y la abrazó mucho rato. Pero cuando pensó que ya se había dormido, Clara sintió en su nuca las lágrimas tristes y húmedas, los sollozos contenidos y silenciosos de mamá, y como su cuerpo temblaba y se convulsionaba con una violencia sorda y reprimida, que a Clara le llenó el corazón de miedo y angustia.
La tarde siguiente era la abuela Mari la que estaba esperándola en el portón del colegio.
Se la llevó al parque y a merendar chocolate con churros. A Clara, que era una niña, pero no era tonta, no se le pasó por alto que la abuela Mari estaba triste y nerviosa, igual que mamá y papá, y que le acariciaba el pelo y se la quedaba mirando mucho rato, sin llorar, ella tampoco lloraba, pero con los ojos líquidos y bajos. Ya era de noche cuándo sonó el móvil de la abuela y ella dijo es mamá y hablaron un ratito como en susurros, pero Clara oía igual ¿ya está?...bueno hija…tranquila…procura serenarte…en media hora estamos ahí…
Al abrir la puerta, mamá la esperaba con los brazos abiertos, pero Clara Martínez Santiso, que era una niña, pero no era tonta, se zafó de su abrazo y corrió por la casa para comprobar lo que ya sabía. Que el ordenador de papá ya no estaba en la mesa de la sala. Que su armario estaba vacío. Que sus calcetines ya no estaban en el cajón. Que la mitad de la estantería de la sala lucía deshabitada, polvorienta y desolada, sin sus libros ni sus discos.
Cuándo hubo comprobado cada cajón, cada mueble, cada estante, por fin cesó su frenética carrera por la casa y pudo sentarse en el sofá. Mamá y la abuela la miraban de pie, con gesto alarmado, incapaces de moverse o de hablar, sin duda esperando su reacción. Pero Clara no tuvo ninguna reacción. Al menos ninguna visible. Simplemente se quedó allí sentada e inició un mutismo glacial, un mutismo y una ausencia total de emociones que duraría días, que duraría semanas.

Al tiempo que el estupor inicial iba dejando paso a una tranquilidad asentada, a una asimilación firme, Clara Martínez, que era una niña, pero que no era tonta, comprendió, con esa intuición sabia y práctica de los niños, que la nueva situación le favorecía en muchos aspectos.
Por ejemplo, todo el mundo la consentía mucho más que antes. Los abuelos no se negaban a comprarle ningún capricho, no tenía que insistirle a mamá más de cinco minutos para cenar hamburguesas o pizza, en lugar de la crema de verduras que detestaba profundamente. Los fines de semana que pasaba con papá eran una fiesta continua de cine, palomitas, videoconsolas, juegos agotadores y felices, tirados en la alfombra, y siempre volvía a casa el domingo por la noche con algún juguete nuevo o una camiseta, o un neceser de Bob Esponja. Todo el mundo se esforzaba por atenderla, estaban pendientes del más insignificante de sus estados de ánimo. Incluso los primeros días en los que papá no había estado en casa, Clara no sabía por qué, pero se olvidaba de comer, se olvidaba de ir al baño. En varias ocasiones había mojado la braguita y el pantalón en el colegio sin ni siquiera darse cuenta, hasta que la vergüenza de la mancha en su entrepierna la llevaba a tirar temerosa de la manga de Sonia, la cuidadora del patio, que inmediatamente se ponía en marcha, cogiéndola en brazos, dándole muchos besos, cambiándole el pantalón por un chándal viejo de otro niño, que se había quedado olvidado en el cajón de objetos perdidos. Luego hablaba con papá o con mamá, con el que fuera a buscarla ese día y le explicaba todo en voz muy bajita, para que los demás niños y padres no se enterasen de nada. Y mamá y papá, lejos de enfadarse, volvían a cubrirla de besos no te preocupes princesa, ahora mismo vamos a casa y te pones una faldita chula, la roja cortita, o la de volantes, tú no te preocupes, eh?...aquí no ha pasado nada…
Los sábados por la mañana empezó a ir con papá a una librería chulísima, pero chulísima, dónde papá le dejaba mirar los libros de cuentos mucho rato mientras él hablaba con la dueña, que era una chica muy guapa, no tanto como mamá, pero tenía una sonrisa amable y un pelo negro precioso y siempre le regalaba globos y caramelos, chuches o rotuladores de Dora Exploradora.

Todo volvió a ser fácil y fluido hasta que un mediodía que no se quedó al comedor y mamá la recogió para comer en casa. Pasaron por delante de la librería y desde fuera vieron a papá en el mostrador y mamá dijo anda, Clara, mira quién está ahí, es papá , vamos a saludarle… y entonces entraron , y papá , que no las había visto venir, tenía la mano de la chica morena de las chuches cogida entre las suyas, y al darse la vuelta y verlas, dudó un segundo, y Clara lo vio, y su madre lo vio, que papá se había quedado muy sorprendido y durante una milésima de segundo casi suelta la mano de la chica de los globos, pero se recompuso enseguida y a pesar de haber dudado, porque Clara sabía que había dudado, finalmente no soltó la mano de la chica de los rotuladores y dijo hola guapas!! Qué sorpresa!!  Y después sí la soltó y abrazó a Clara, pero dijo Isa, te presento a Esther, Esther, ésta es Isabel…y a Clara ya la conoces…mamá y la chica de los cuentos se sonrieron y se dieron dos besos y se dijeron encantada…pero mamá se quiso ir enseguida e hicieron el resto del camino muy aprisa, mamá caminaba muy seria mirando al frente y parecía no acordarse de que llevaba a Clara de la mano.

Y luego, por la noche, mientras miraba la tele, la oyó hablar por teléfono en la cocina con Paula, que era su mejor amiga. Mamá tenía voz llorosa y decía no sé tía, la verdad es que me ha sentado como el culo…sí…sí…ya lo sé….sí….es normal...pero no sé…no sé si me da celos o envidia… luego acostó a Clara y le leyó un cuento, como siempre, pero por la noche se despertó y oyó a mamá llorando bajito en el salón.

Y Clara Martínez, que era una niña, pero que no era tonta, pensó que este cuento al fin y al cabo, no era tan distinto de los otros que le leía papá, y que finalmente sí había un brujo despiadado, que parecía bueno, pero en realidad hacía trampas, y que no la quería tanto como decía. Y una madrastra malvada que al principio regalaba chuches y libros, y rotuladores de Dora la Exploradora, pero que al final la pondría a fregar suelos y la obligaría a vestir harapos.

miércoles, 27 de julio de 2011

más que mirarse (XX)

Se sentó en el suelo frente al sofá, abrazándose las rodillas. Permaneció así mucho rato. Observarle dormido, la cabeza ladeada sobre el cojín, la camiseta arrugada y enrollada sobre el vientre, el pantalón desabrochado, le inspiraba una benéfica sensación de paz y ternura. Habían disfrutado mucho de la comida, saboreado una magnífica botella de Ramón Bilbao del 2006, se habían reído y avanzado en el camino recíproco de la confianza y la complicidad. En la conversación salió a relucir la admiración compartida por Aristarain, destriparon y analizaron Un lugar en el mundo, regalándose mutuamente puntos de vista y perspectivas nuevas, y decidieron acompañar el café y el cigarro con Lugares Comunes. Pero a Rafa le venció el sueño antes de la mitad de la película y se acomodó en el sofá, dejándose llevar a la modorra total por los dedos de Esther, que acariciaban su cabello con estudiado esmero.
Y ahora le observaba sin poder evitar sentirse profundamente agradecida.
 En los últimos meses, la lectura de los diarios de Charo formaba parte de sus días y de sus rutinas, formaba parte de ella misma, por eso no le escapaba la analogía evidente de su amor y el amor de ella y Juan hace treinta años esto hubiera sido posible…habríamos naufragado en el mismo mar negro y furioso en el que zozobraron ellos… Miraba a ese hombre cuyas miradas y caricias le nutrían la piel y el alma, sin cuya presencia no existiría la alegría y la bonanza, y no podía evitar pensar que a ellos nadie les miraría con desprecio al salir del ascensor, nadie les haría irrespirable ir a trabajar, a pasear, a la compra…y qué injusto…qué injusto resultaba, si al fin y al cabo no hacían otra cosa que quererse, igual que Charo, igual que Juan…
Esther pensó también que ese regalo maravilloso, esa tarde de julio en la que el sol y el calor se filtraban por los ventanales de la galería de su salón, que invitaban a la calma y al placer, o al placer y a la calma, daba igual el orden, eran todo lo que necesitaba, todo lo que quería.
La ternura finalmente la venció. Se acercó a Rafa y, subiéndole la camiseta, comenzó a esparcir docenas de besos por su torso, su cuello, sus ojos y orejas, sus mejillas y labios…Él comenzó a sonreír desde la inconsciencia de su sueño demorado, claramente incapaz aún de dilucidar qué formaba parte del sueño y qué venía del exterior de ese baluarte. Tras unos minutos deliciosos y largos comprendió al fin. Aferró su nuca con fuerza, introduciendo sus largos dedos de artista en su pelo y transformó los besos rápidos en otro mucho más largo, un beso que no era sólo labios, que era dientes y era lengua y era saliva. Cuando ella percibió su excitación, que se erguía explícita y salvaje en el bulto de su pantalón, se puso de pie, se quitó las bragas y las desechó, junto con los pantalones y el calzoncillo de Rafa a un lado del sofá, en el suelo. Recogió con una mano la liviana tela de su vestido de algodón y se sentó encima de él, desprendiendo los tirantes del cuerpo para que él  pudiera ver y acariciar sus pechos. Comenzó a moverse muy despacio primero, hasta que los susurros y las respiraciones llegaron a más, se convirtieron en gemidos, en jadeos descontrolados, en más dientes y más saliva, en muchas lenguas y labios, y caricias y calor y humedad. Cuando comprendió que ambos estaban cerca del final, redobló sus esfuerzos, apoyando un pie en el suelo y otro en el sofá, una posición para entrar y salir del cuerpo de él totalmente, profundamente, mientras las manos de Rafa aferraban sus nalgas con fuerza, ayudándola y sosteniéndola. Se corrieron juntos, extasiados, agotados, maravillados de su propio placer.
Luego Esther salió de su cuerpo y se desplomó en su pecho, dónde, abrazándole la cintura, se dejó acariciar y besar el cabello hasta que ella misma se sumergió en un grato sopor.
Cuando despertaron las sombras del atardecer dibujaban extraños claroscuros en los muebles y las paredes. Rafa acercó una manta y encendió dos cigarrillos.
 Y entonces por fin pudo hablarle de quién era ella.
 Del significado de ese mueble de otro siglo en su salón. De las fotos que habitaban sus estantes y los muros de su morada. De esa mujer guapa y serena, que sonreía a la cámara con timidez, como si fuese totalmente inocente de su belleza, como si no conociese la turbación que producía su cabello rubio, sus ojos claros, su sonrisa perfecta, su cintura mínima. De esa pareja joven y apuesta, un hombre fuerte y satisfecho que sostenía con un brazo a una niña confiada y feliz, aún feliz y confiada, y con otro el otro brazo aferraba la cintura de una mujer hermosa, de muslos contundentes y hombros bronceados y rotundos, que no parecía menos confiada ni menos feliz que la niña, mientras atusaba despreocupada su cabello negro como el carbón y sonreía con los ojos. Y también le habló de Juan Solís, que no aparecía en ninguna foto, que en los últimos veinte años había sido poco más que un fantasma, pero que sin embargo estaba allí también, se desgajaba, se licuaba , se desprendía de los ojos tristes de la mujer rubia en esa foto ves esa de ahí, esa nos la hicieron en la Batalla de las Flores, ahí tenía que hacer muy poco que él había muerto…y también esa otra en la que agachada, apretaba contra su pecho el cuerpecillo de la niña morena que ya no parecía confiada, ni parecía feliz, y la mujer ya ni miraba a la cámara, miraba al horizonte, miraba más allá del fotógrafo y de los grupos de gente que se adivinaban alrededor de ellas, como si, en medio de la romería, hubiera distinguido de pronto una silueta familiar, alguien que se parecía a él.

Rafa la escuchó en silencio mucho rato, horas tal vez, absolutamente absorbido por la historia magnífica, de dolor, de amor, de vida,  que esa mujer que era su amante y su afán, su alegría y sus ganas de vivir, iba desgranando para él con asombrosa maestría. No parecía escoger las  palabras, ni haber ensayado los tonos, las pausas, los énfasis ni los silencios intercalados, pero las palabras no podrían ser más escogidas, los énfasis más apropiados, los silencios más propicios. Se debatía, admirado y maravillado, entre la atención que requería el relato y el hallazgo manifiesto de que esa mujer que era su afán y  su alegría y sus ganas de vivir, era además, una excelente contadora de historias, tan mágica y sublime, tan natural y entregada, que ni ella misma parecía consciente de su don. No se atrevía a hablar, prácticamente ni a moverse, estaba absolutamente atrapado, tenía miedo de que se rompiera el hilo y la alquimia de ella, tenía miedo de que ese momento terminase. Por ello, cuándo notaba que en un punto determinado del relato, Esther se emocionaba o un silencio se alargaba más que el anterior, la animaba a continuar con una suave caricia en su mejilla o un beso fugaz.
 Porque Rafael Martínez se estaba dando cuenta de la trascendencia extraordinaria de ese momento en el que, además de en su amante, su afán, su alegría y sus ganas de vivir, Esther Fernández Navarro se estaba convirtiendo en su compañera.

viernes, 22 de julio de 2011

más que mirarse (XIX)

Yo nunca había creído en la predeterminación, en eso que llaman destino o fado. Nunca lo había hecho, ni en su concepción estrictamente filosófica, calvinista, ni en sus múltiples y arraigadas raíces populares, como cuándo oía a mis amigas decir aquello de estaba para tiel destino me condujo a esto o aquello…No comentaba nada, sólo sonreía, pero interiormente pensaba “esto” no es más que el resultado de tus acciones, lo que tú te has forjado. Dejar los resultados y las respuestas en manos del destino, no sólo se me antojaba una manera infantil de ver la vida, sino también la cobardía infame de no asumir las consecuencias de los propios actos. Detrás de esta concepción de la existencia, llámese Dios o destino, estaba el afán de vivir al cobijo del paternalismo, de la dependencia, de no ser responsable de la propia vida. Por supuesto admitía el peso del azar, la coordenada desconocida, el decimal que rompía la perfección del número redondo, la imposibilidad humana de calcular todas las ecuaciones. Pero no pasaba de ahí, de la consciencia de saber que un coche podría matarme al cruzar una calle, que una maceta, empujada sin intención por el codo de una señora que limpiaba los cristales, podía romperme el cráneo. Eso, azar, posibilidades no barajadas. Un hecho muy distinto era imaginar la existencia de un ser todopoderoso, que desde un lugar incorpóreo, mataba su aburrimiento y su soledad de ídolo manejando con pericia los hilos de millones y millones de marionetas infelices, inconscientes de su propia nimiedad. Esa idea sí que me aterraba. Además, desde muy pequeña empecé a cuestionarme racionalmente todos los preceptos inamovibles de la religión. Vírgenes que parían hijos. Señores que caminaban sobre las aguas, que creaban el mundo a partir de la nada, que multiplicaban con sus dedos panes y peces, devolvían la vista a los ciegos y resucitaban tres días después de una muerte terrorífica y atroz. Todos estos hechos desafiaban descaradamente los principios de la física y de la ciencia, así que por fuerza tenían que ser un cuento chino, un mito, una leyenda. Así que prefería la responsabilidad desnuda y despiadada de ser la única responsable de mis acciones. Aún así envidiaba la fe, ese regalo, ese jergón que permitía a tantos vivir sin la aterradora certeza de la nada que proseguía al cajón de madera. Envidiaba la tranquilidad de poder existir pensando que realmente lo que me ocurría ya estaba escrito, y que por tanto no era responsabilidad mía.

Cuando llegué a la vida de Charo, ella necesitaba desesperadamente una hija. Yo necesitaba desesperadamente una madre. Y aún así, la muerte que sorprendió a mis padres en una noche de lluvia torrencial, de oscuridad y presagios, la curva que mi padre no pudo sortear, seguía siendo azar, ruptura del número perfecto. Actos involuntarios y consecuencias, pero actos al fin y al cabo.

Incluso para un ateo la Navidad es una época desestabilizadora y temible. Charo siempre empezaba a acusar un nerviosismo palpable y desasosegante desde principios de diciembre. Yo recordaba sus esfuerzos y su entusiasmo al preparar la navidad para los niños del colegio, como recorríamos incansables papelerías y jugueterías. Salíamos temprano por la tarde, después de comer hija nos vamos ya que luego enseguida se nos echa la noche encima y con el frío que hace te me vas a constipar. Aunque ella siempre era dueña de una mirada dulce, de una sonrisa cálida, de una actitud y un lenguaje corporal que transmitían tranquilidad y paz en oleadas generosas y plácidas, yo notaba como en aquellas tardes, al poco rato de caminar calle Real arriba y abajo, su expresión de iba endureciendo, como las luces y las músicas ñoñas y repetitivas, cansinas, le ensombrecían el alma. Cuando llegábamos a casa, heladas y exhaustas después de horas de esquivar multitudes poseídas por un insaciable afán de comprar, elegir, desechar regalos, ropas, juguetes, ella preparaba una merendola de chocolate caliente y galletas y por fin podíamos retomar nuestro íntimo universo de armonía y sosiego, mientras sentadas frente a la enorme mesa de la cocina recortábamos, dibujábamos, pegábamos, preparábamos las bases de vistosos y alegres murales que sus alumnos completarían al día siguiente en el aula. Luego, antes de cenar, llenaba la bañera de agua caliente, con olor a rosas y me lavaba el cabello con esmero, con masajes rítmicos y placenteros que te acaricien el pelo con ternura es uno de los mayores placeres de esta vida hija…
Después de cenar nos acostábamos en mi cama, casi siempre temprano y Charo me leía en voz queda y narcotizante, libros maravillosos, historias que han formado parte de mi vida como los fundamentos más arraigados y mágicos que puedan existir Las mil y una noches, Cuentos por teléfono, Corazón, Mujercitas, El Rey Lear, El Mercader de Venecia…Se quedaba conmigo cantándome y acariciando mi cabeza hasta que estaba totalmente segura de dejarme tranquila y feliz, apaciblemente instalada en un sueño lleno de fantasías.
Pero yo sabía, con esa intuición sabia e inefable de los niños, que esas fechas no le gustaban, que con sumo placer barrería del calendario los días navideños y saltaría con alegría a la actividad incesante e irreflexiva de los días de enero.

Navidad, 1975

Juan ha vuelto hace un rato con un regalo para mí. Un disco de Sinatra y una edición inédita en España de poemas de César Vallejo. Le he dicho que faltan todavía unos días para Nochebuena, y me ha mirado y sonreído sin decir nada.
Esta mañana me ha llamado el director a su despacho y con esmerada cortesía y dificultad me ha comunicado que el cuerpo de profesores ha decidido que, “dada mi difícil situación moral” consideraban que no era apropiado que participase este año en las actuaciones y teatrillos navideños del centro, que tal vez sería más tolerable para los padres y compañeros “no sufrir la incomodidad” bla bla…en resumen, que no desean que yo sea vista por aquí. Al salir me he encontrado con El Taciturno por el pasillo. Me ha cogido del brazo y mirado de frente para decirme “señorita Alonso, no permita este linchamiento, pida el traslado, cambie de ciudad…no pararán hasta despedazarla…y sería una pena…hay pocas personas como usted” Se lo agradezco de veras, ese hombre nunca sabrá hasta que punto sus palabras han sido sanadoras para mi alma, aunque en ese instante sólo pude asentir y sonreírle desde mis lágrimas dóciles. La cena de nochebuena, en la que sin duda él estará hundido por la infelicidad que estarán viviendo los niños, me aterra.

Navidad, 1975

Al amanecer me despertaron sus dedos dentro de mí, sus besos en mi pecho. Abrí los ojos. Me miraba con ese brillo abultado y brutal del deseo que tan bien le conozco, pero esta vez había algo más, algo casi indescifrable, pero que me sonó vagamente a redención o disculpa. Fue un amor extraño, demorado, cuajado de palabras no dichas o apenas susurradas…se movía dentro de mi tan lentamente que duraban más sus miradas que sus empujes, sin dejar de observar mis ojos y sostener mi cara. Fue un amor triste, triste como una despedida.
Mucho más tarde, después de alargar la mañana entera entre las sábanas, por fin me pidió perdón, por fin quiso saber qué cómo estaba, cómo estaba yo, qué sentía en medio de la debacle inhumana en la que habían convertido nuestros días. Y también por fin puede hablarle de mi angustia, de mis insomnios, de mis amargas pesadumbres de cada amanecer. De el muro malsano y negro que habían levantado para mi en el colegio, de los desprecios de los vecinos y las miradas cargadas de intención. Por un momento pude verle el antiguo y amado destello de la rabia y la pasión “por dios mi amor…que sea precisamente Begoña, que no podrá usar falda en su vida de lo gastadas que tiene las rodillas de tanto agacharse en los despachos de dirección…que sea ella quien te juzgue…me hierve la sangre Charo…” Siempre es así le dije…siempre es así…no importa quién sea…

Navidad, 1975

He recibido postal y carta de Carol. Me cuenta que el embarazo va bien, pero que Carlos está demasiado tiempo fuera de casa, que tiene miedo porque la situación social está muy revuelta. Cada día aparecen autobuses incendiados, tímidas e indignadas revueltas. Los obreros y los estudiantes se organizan, encabezan, como siempre, como en cada país y en cada intrahistoria, estandartes de vanguardia y de cambio. Y que por detrás, aún bajito, pero cada vez más intimidatorio y amenazante, se deja sentir el ruido de sables, igual que siempre, igual que en cada país y en cada intrahistoria. Carlos intenta procurarle la mansedumbre que conviene a su estado, pero ella le nota preocupado y afligido. Se reúne con sus alumnos y otros compañeros largas horas, nadie habla aún abiertamente de un levantamiento militar, pero todos lo temen.

Navidad, 1975

Según se acerca el veinticuatro, las llamadas desesperadas de Loli se incrementan. Le dice que no importa lo que haya pasado, que ella está dispuesta a perdonarle y olvidar, que vuelva a casa. Ya no titubeo al calificar de despreciable esa manipulación emocional que detesto, que tan íntimamente reconozco. Ya no titubeo al preguntarme dónde…dónde está la dignidad de esa mujer.

Navidad, 1975

Es Nochebuena. Bueno no, es Navidad, son más de las doce. Llegué a casa sobre las seis, después de pasar la tarde comprando regalos para Juan, mi madre y mi hermano. También me acerqué al mercado para poder preparar una cena especial. Las luces, villancicos y alegría de la gente consiguieron contagiarme por unas horas e incluso llegué a pensar que por lo menos estaríamos juntos. Al abrirla, la puerta tropezó con el cuero rígido y raído de su maleta, un silencio áspero me taladró la frente. Lo encontré de  pie en la cocina, fumando y esperándome. Me pareció absurdo someterle a la vulgaridad y los rigores de una despedida melodramática, la visión de su maleta era suficiente, así que sólo asentí levemente. Sin embargo, cuándo le vi ponerse el abrigo y la bufanda, un frío glacial, abominable, me nubló los ojos, el miedo lo cubrió todo de una neblina espesa, implacable. Tuve deseos de gritar, de llorar y suplicar que no me dejara sola, pero sólo acerté a cogerle del brazo cuando ya casi traspasaba el umbral de mi  puerta “no lo hagas mi amor…no lo hagas…no vamos a  saber vivir….lo sabes, ¿no?...no vamos a saber…” Asintió a su vez, como queriéndome decir que sí, que lo sabía.
Y ahora estoy sola. Definitivamente sola.