martes, 19 de marzo de 2013

Pingüinos


El día que te fuiste a Leo se le cayó un diente.

Era una de esas cosas que te contaría enseguida, incluyendo foto de hueco en la encía. Una de esas noticias que te encantaban  y te alegraban el día. Me pedirías que te contara todos los detalles, la emoción de esperar al ratoncito Pérez y hasta querrías que te describiese su cara de sorpresa al levantar la almohada.
Y mira qué tontería bicho…con todo lo que habíamos pasado y lo que más me atormentó durante unas horas fue no poder contarte que a Leo se le había caído un diente.

Y hablarte de los niños, de los tres. Porque era lo que más te preocupaba, siempre los niños…a fin de cuentas yo misma no puedo evitar incluirme entre tus  niños, con más de treinta y cinco tacos que ya tiene delito…

Te lo dije unos días antes de irte, que eras la mejor madre que yo había tenido. La que me peinaba, me vestía,  me ayudaba con los deberes, hablaba con mis profes. La que escogió conmigo mi vestido de  novia y me ayudó a ponérmelo, en todos los sentidos. Tú me apretaste la mano y no dijiste  nada.

Apenas unas horas después de que te trajeran empezaron a llegar flores y más flores…un flujo inabarcable de ramos y de gente. Ya sé que tú no querías flores, pero fue la única de tus instrucciones que no pudimos cumplir. Llegaban demasiadas y además siempre te gustaron los lirios. Por lo demás seguimos a rajatabla el funeral laico, ni misas ni símbolos y ahora estás donde querías, en ese lugar tan querido y tan nuestro. Es una manera más de que el verano del 97 esté siempre vivo para todas. Te acuerdas que salimos de Carballo soportando una lluvia torrencial e impía. Pero tú dijiste que no abortábamos plan y fuimos las cuatro cantando como locas y haciendo el bobo todo el camino. E increíblemente al llegar allí el cielo se limpió y se puso azul y hermoso. Pudimos acampar y no sólo eso, disfrutamos de siete días de calor  y buen tiempo y justo se puso a llover otra vez la mañana que nos íbamos y ya nos dio igual.
El finde que viene vamos a verte otra vez y así nos  pegamos una comida en uno de los sitios  habituales, aunque no sea verano y aunque nada sea igual si no estás tú.
Estarías tan orgullosa de Pita…a pesar de ser quien arrastraba el mayor dolor, el  mayor desamparo, estuvo tan entera bicho…soportando estoicamente horas y horas de besos y  abrazos. Y todo con una sonrisa y el trato más cortés. Yo también lo intenté, y creo que más o menos lo conseguí, porque era lo que tú harías y querrías, ese coraje que siempre nos transmitiste. Y vaya si predicaste con el ejemplo, porque fuiste una campeona.
No dejaste de luchar ni un minuto, a pesar de que el azar nos había señalado hace mucho y a pesar de que nos enteramos tarde de que jugábamos con las cartas marcadas.
Pero Pita fue admirable, todo el mundo me lo decía, que era increíble esa entereza en una chica de apenas 20 años. Pero es normal. Es hija tuya.

Hubo de todo, compañeros tuyos que se ponían a llorar al verme, porque decían que cierto gesto o pose les recordaba a ti. Creo que te gustaría saber que por fin conocí a Mila y le pude dar las gracias por todo el apoyo y la fuerza moral que te había regalado este último año atroz. Hablamos más de una hora frente al cristal dónde estabas, porque mamá había salido a comer y me prohibió levantarme de allí mientras no volviese, para que no te quedaras sola…ya sabes…cosas de mamá. Mila me pareció un encanto, tal como me la habías descrito. No dejaba de repetirme la admiración que sentía por ti, por lo valiente e inteligente que eras. Nos reímos un rato recordando tus ironías, ese sentido del  humor tan negro y tus juicios tan afilados.
Hubo algo que me rompió y fue que todo, absolutamente todo el mundo de tu entorno que yo sólo conocía de oídas me decía “yo conozco mucho a tu hijo”  “Ah Leo…cuánto he oído hablar yo de Leo”
Y hablando de Leo…me pasa un poco como a él , que dice que no se cree nada de que estás en el  cielo…y que no mami…que yo la voy a buscar por toda la casa…en la cama… en la sala…en la habitación de Alba  y en el baño…y la voy a encontrar porque ya verás cómo está en el trabajo o tomando un café….pues yo un poco lo mismo.
No me  puedo creer que ya no estás y sigo esperando mi primer  wasap de la mañana y todavía no he querido sentarme a  llorar y  no quiero pensar y procuro acabar los días agotada de trabajo y actividad, para no darme cuenta, para  poder seguir pensando que estás en el trabajo o tomando un café.
A lo mejor escribo esto para creérmelo de una vez.
Pita me regaló al día siguiente el colgante talismán, ese que llevabas siempre puesto. El lunes compré una doble correa para no perderlo nunca y no quitármelo nunca.  Leo y Ane le dan vueltas y vueltas cuando están en mis rodillas o cerca de mí, pero no dicen nada.

No me llevé nada más, salvo las alpargatas de cuero que usabas siempre en casa y que compramos juntas una noche en una tienda del Albaicín te acuerdas…aquel viaje fue genial. Tu saliste en trance de La Alhambra, asombrada por la belleza, por los sonidos y los olores…cada noche íbamos al Albaicín y nos quedábamos en las teterías hasta las mil, charlando y tomado té. Y hace unos meses apenas me mandaste aquel wasap  Pete quiero volver a La Alhambra!  Y yo te puse vamos!

Fue duro recoger tus cosas. Como una metáfora del desmoronamiento que sufrimos todos, se me cayó el alma a los pies cuándo cuatro días después entré en tu casa de nuevo y el suelo de todo el  piso de abajo se había levantado por una fuga de agua. Y tu casa, siempre tan agradable, tan ordenada, tan tú, también se había revelado ante tu ausencia y decidió reventar. Y tus muebles, tan hermosos, todos hechos de madera  y diseñados por ti hasta el último detalle … “Euge, éstos son muebles que puede heredar mi hija”... me decías cada vez que Francisco acababa uno….estaban desconcertados y perdidos vagando por territorios que desconocían, aunque estuviesen a menos de un metro de su sitio original. Pero procuramos hacerlo bien, con calma y cierta paz, a pesar de que la desolación lo invadía todo y que no podía dejar de mirar una ampliación de un primer plano tuyo con 24 años que Pita había colocado en la estantería. Y estabas tan guapa…tanto como siempre, porque incluso los últimos días en el hospital pensaban que tu hija era tu hermana, de lo hermosa que estabas, con la piel suave y el pelo negro brillantísimo todavía. Parecías una chica. Y por eso siempre te enfadabas cuando te llamaban señora e incluso aquella vez te fuiste de Zara sin comprar nada porque  la niñata que estaba cobrando le dijo a su compañera “le voy a cobrar a la señora”  y tú “pues no, déjalo, que ya no me llevo nada”   y la tía con cara de póquer y Pita aguantando la risa detrás de ti. Y cuándo veíamos las esquelas y ponían “La Señora:.”  Pita me decía que vaya cabreo te ibas a pillar.
Conseguimos cerrar la puerta a las doce en punto y mandar a todo el mundo a descansar, como tú querías, a pesar de que no esperábamos tantísima gente, pero se consiguió. Y nada más coger la autopista el cielo se rompió de pronto en una tormenta  formidable, con relámpagos que iluminaban todo el espacio y truenos bestiales y  le dije a David “esta es mi hermana que está diciendo por fin todo dios para casa ya” . Y es que estabas preocupada porque ibas a trastocar las rutinas de la gente y no querías que estuviésemos en el tanatorio mil horas, que era muy cansado. Y esa lucidez es lo que más me duele, porque al final organizaste hasta tu propia partida, siempre pensando en los demás más que en ti misma, siempre igual. Y es que tanto darle vueltas al dolor de lucidez y no entendí bien el concepto hasta que me dolió tanto la tuya.  Me da miedo su miedo, intentaba explicarle a David. Hasta que te tuve que ver despedirte de tu propia casa, sabiendo que no ibas a volver, y pedías estar cinco minutos en la sala e ibas en el coche mirando el cielo y los árboles y me preguntaste con una serenidad pasmosa “¿por qué no nos dejarán morir en casa?”  y yo te contesté que sólo te iban a regular la  medicación y el fin de semana estabas de vuelta, sabiendo que te mentía, pero tú me sonreíste y negaste con la cabeza. A fin de cuentas eres mi hermana mayor, la columna vertebral de esa familia tan convulsa. Así que ahora nos partieron en dos la columna y andamos perdidos y desconcertados sin saber qué hacer, porque no estás para organizarnos.

El 25 de octubre del 2011 el cielo se nos derrumbó.  Es nuestra naturaleza, así que nos colocamos la cota de malla y el escudo y nos dispusimos a bajar al Abismo y librar una lucha sin cuartel, a pesar de que nos enfrentábamos a más de diez mil orcos. Pero ninguna luz cegadora e inesperada apareció al amanecer del último día para salvarnos. Para salvarte.

Pita se pregunta cómo es posible que te pidiese que dejases de luchar pero yo creo y quiero decirle que era lo mejor y lo  único que podíamos pedir para que terminase aquello que no era digno de ti, de la mujer fuerte y formidable que fuiste siempre. Y que no fue una debilidad pedírtelo, porque yo misma, a pesar de mi  descreimiento, le pedí a papá la tarde antes que viniese a buscarte, que por favor viniese ya…y necesito creer que estás ahí, en algún lugar, el que sea, pero estás.

La cabeza está llena de imágenes todo el rato y a lo mejor es estúpido que la que más me atormente sea la de tu plumífero marrón colgado en una percha al abrir la portezuela del armario del  Canalejo, cuando recogimos todo porque ya te llevaban. Ya ves que tontería, pero no se me va de la cabeza.  Y estoy enfadada. Enfadada por el absurdo de que te fueras tú. Me compensa que hayas sido feliz, y que tuvieras Bali, Mauricio, Cuba, Londres….Pita…sobre todo. Pero me puede la rabia y la impotencia de los años que  te robaron, los nietos, los viajes….las compras, los cafés, los vinos, los amigos. Daría lo que fuese por una tarde más de cafés y tiendas.

Desde el 25 de octubre de 2011 acarreamos un fardo de miedo, angustia, dolor y rabia. Y ahora nos damos cuenta de que es un bagaje imposible de llevar e imposible de dejar, un sinsentido, una situación perversa. Están el omnipresente por qué  y  por qué a nosotros, por qué a ti. Y no hay respuesta.

Desde el mismo día en que te fuiste, algo cambió imperceptible  pero firme dentro de mí con respecto a Pita. Y es que me siento igual que cuando me acompañabas a ver a Leo a neonatos, ¿te acuerdas?  No quiero ni puedo sustituirte, pero nunca la voy a abandonar . No me dejaste una tarea difícil, es una niña inteligente, encantadora, buena …tú la convertiste en un ser maravilloso. Sólo prometer que intentaré estar a la altura y que no me puede la responsabilidad, que asumo un papel inesperado con toda la ilusión que me dejan las circunstancias en que lo hago.

Y por último aquello. Unos días después Carlota me empezó a hablar de ese documental sobre animales que había visto en la dos. Yo no sabía que los pingüinos se organizan en familias tradicionales, con papá, mamá  y crías. Ni tampoco sabía que son monógamos y permanecen juntos hasta el final. Pues eso, me habló de una familia de pingüinos que en una época especialmente crítica de frío y hambre, tuvo que dejar partir a la hembra en busca de alimentos, dejando a la cría al cuidado del padre. Unos días después, al ver que no volvía, el padre se fue a buscarla. La cría de pingüina se quedó vagando sola días y días, muerta de hambre  y de frío. Ninguna mamá de otra familia compartía su comida con ella porque reservaba los alimentos para sus propios hijos. Tampoco ninguna la acogía en su bolsa para que no muriese de frío. Cuando ya estaba muy malita, una cría de otra familia se negó a comer durante días, a pesar de que generalmente tenía un hambre voraz.  La madre se dio cuenta y acogió a la pingüinita en su bolsa y le dio de comer. Unas horas después, su propia cría dejó de negarse a hacerlo.
Carlota sólo me contó esta historia y sonrió. Y eso. Que tu pingüina nunca va a pasar hambre ni frío, porque mi bolsa es bastante grande. A fin de cuentas, tú también de alguna manera, me llevaste en la tuya.

Y que muevas la cortina si quieres, que ya sé que te dije que no, pero sí que quiero.

viernes, 15 de febrero de 2013

Cuando emprendas el viaje hacia Itaca ruega que sea largo el camino



Itaca

Cuando emprendas el viaje hacia Itaca
ruega que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
A los Lestrigones, a los Cíclopes
o al fiero Poseidón, nunca temas.
No encontrarás trabas en el camino
si se mantiene elevado tu pensamiento y es exquisita
la emoción que toca el espíritu y el cuerpo.
Ni a los Lestrigones, ni a los Cíclopes,
ni al feroz Poseidón has de encontrar,
si no los llevas dentro del corazón,
si no los pone ante ti tu corazón.

Ruega que sea largo el camino.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que - ¡con qué placer! ¡con qué alegría! -
entres en puertos nunca antes vistos.
Detente en los mercados fenicios
para comprar finas mercancías
madreperla y coral, ámbar y ébano,
y voluptuosos perfumes de todo tipo,
tantos perfumes voluptuosos como puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
para que aprendas y aprendas de los sabios.

Siempre en la mente has de tener a Itaca.
Llegar allá es tu destino.
Pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que ya viejo llegues a la isla,
rico de todo lo que hayas guardado en el camino
sin esperar que Itaca te de riquezas.
Itaca te ha dado el bello viaje.
Sin ella no habrías aprendido el camino.
No tiene otra cosa que darte ya.

Y si la encuentras pobre, Itaca no te ha engañado
sabio como te has vuelto con tantas experiencias,
habrás comprendido lo que significan las Itacas.

Kavafis



sábado, 5 de mayo de 2012

como un niño con zapatos nuevos


¬-Mami Olivia me ha vuelto a decir delante de todos que siempre llevo los mismos zapatos…
Joder otra vez no pensó con una resignación que no era tal, que en realidad era cansancio, desesperación, miedo.
-bueno María, ya te he dicho muchas veces que no hagas caso de las tonterías de Olivia, que lo importante es ir al cole limpios y abrigados…
Miró la piel desgastada, estirada hasta el imposible, los deditos de su hija apretujados mañana cobro…de mañana no pasa…
Pero Roberto llevaba meses sin pasarle la pensión, desde que se le había acabado el paro, ese paro que les había llevado al abismo, a hacer insostenible la convivencia. Y en la guardería cada vez menos niños, menos trabajo. Desde las cinco de la tarde su aula se quedaba vacía. Sabía que la propuesta de reducción de horas o despido llegaría inevitablemente más pronto que tarde. Sortearon charcos y frío y por fin llegaron al portal. Carta en el buzón. Factura del agua….mierda…padre si es posible aparta de mí este cáliz…

-María cielo…lee un cuento mientras mamá llama por teléfono a la abuela ¿si?

Dio varios circunloquios, enredó trivialidades, respiró muy hondo antes de decir:

-Por cierto mamá…necesito que me prestes cuarenta euros…tengo que comprarle unos zapatos a la niña…

domingo, 29 de abril de 2012

sin solvencia


- A plazos…la compras a plazos y ya está…- Yoli se lo había dicho muy segura- solicitas la tarjeta del Delcampo o del Carreclub…no se la deniegan a nadie…

Pero claro, Yoli tenía un marido. Dos nóminas.

Ella no. Ella tenía una nómina de 800 euros. Un hijo de cuatro años. Ningún marido. Una nevera rota.
Y ahora tenía a aquella chica sentada enfrente, pálida como una muerta, más avergonzada y apesadumbrada que ella misma
-Lo siento de veras…no consideran que ofrezca solvencia…yo…lo siento mucho…

Sonrió con esfuerzo y volvió a oír su voz cuando ya estaba cerrando la puerta

-¿Ha buscado en nuestra planta de oportunidades? Hay modelos a doscientos euros…

Ella no tenía doscientos euros. Tenía un hijo pequeño que desayunaba zumos individuales desde hacía una semana y se iba al colegio sin nada caliente en el estómago. Una sola nómina. Una nevera rota.

-Gracias…ya las he visto…no tengo doscientos euros….por eso solicité su tarjeta...

lunes, 16 de abril de 2012

la abuela de Mario

Hace tres años que la veo ir y venir. Mario es compañero de mi hijo desde primero de infantil y ella siempre está allí, cada mañana en la fila, cada tarde en el parque, en las reuniones…siempre amorosa, siempre entregada. Además de con Mario es habitual verla empujando el cochecito de una nueva nieta por las calles del barrio, o acompañar a otros nietos mayores a actividades, al cole, al médico.
Su cuerpo acusa el cansancio de los trabajos y los años, camina ligeramente encorvada, pero su mirada, alegre y chispeante, contrarresta su andar cansino. Nunca la he visto desarreglada. A sus sesenta y ocho años es una mujer guapa, el pelo pulcramente teñido de rubio ceniza, sus sortijas y sus colgantes, sus gestos estilosos.
Hace tres años que la admiro por todo esto, por su incesante actividad y su entusiasmo, cuando yo, con casi cuarenta años menos y un solo niño que atender, a veces tengo ganas de meterme en la cama a las once de la mañana. Estos días he llegado a admirarla mucho más.
Segunda semana de cole y se me acerca en el patio, amistosa, me rodea la espalda con el brazo, me da dos besos hola mi niña, ¿Cómo estás? Te estuve buscando ayer para saludarte pero vino tu marido…
Como muchas otras veces hacemos el camino de vuelta a casa juntas, charlando. Ando despacio y demoro el momento de llegar a la esquina de mi casa, dónde nos separamos, porque estoy a gusto y me encanta escucharla. Normalmente hablamos de trivialidades ¿tú a que actividades lo mandas?... ¿le sirven los mandilones del año pasado? Cosas así.
Esta mañana dejé atrás la esquina de mi calle y mi portal y la seguí hasta el suyo ay neniña yo aquí liándote con la de cosas que tendrás que hacer…me daba igual, su historia me atrapó, hubiera pasado con ella toda la mañana.
No sé ni como empezamos a hablar de la fe, yo le contaba que creía que mis primeros años en el cole de monjas me habían dejado ligeramente traumatizada, toda aquella disciplina del uniforme, los rezos y los himnos patrióticos. Ella se reía, asentía. Y de repente me regala una historia formidable de fortaleza y vida mira yo…es que necesitas algo a que aferrarte, a mi cuándo hace veintiocho años me desahuciaron por el cáncer de útero al principio me dio miedo, porque me dijeron que no iba a salir…y claro tuve que dejar el trabajo que tenía de cocinera en un colegio…incluso mi marido dejó el trabajo para estar conmigo lo que me quedase…y para ayudarme con los niños…me dijeron “te van a tratar como un sándwich, primero te van a quemar, luego a abrir y luego a quemarte otra vez”…pero me aferré a la esperanza y a San Francisco Javier…le rezaba mucho… a estas alturas yo, que ya me había quedado muda y encandilada, titubeo…tenías esperanza…me mira asombrada, me sonríe y afirma con una vehemencia absoluta ¡claro mi neniña! Siempre hay esperanza, siempre…si yo no llego a ser fuerte arrastraría a mis hijos y a mi marido conmigo, tu siempre tienes que mantenerte fuerte para tu familia, las mujeres somos el pilar, entiendes?...y eso que a mi marido me cuidó muchísimo, fue un enfermero buenísimo, pero buenísimo…él sabía que yo tomaba calmantes hacía mucho, tenía ya dolor…pero el caso es que me siguieron mirando durante once años y no se reprodujo…a pesar de lo de mi hijo…que se me murió…mi mirada debía ser de horror absoluto, porque pensaba pero dios, que cobarde soy, quejándome de mis problemas, que no son nada, le pregunto…”¿ se murió tu hijo?”…sonríe, me pone una mano en el hombro y me mira…sí…se me tiró por la ventana con veintitrés años…ya ves…y eso fue más difícil que lo otro…y también seguí adelante…por eso… aunque tu marido se ponga malo…o le pase algo a tu niño…dios no lo quiera…tú tienes que seguir adelante siempre, esperanza hay siempre… ya estamos llegando a su calle cuándo se recompone al instante con una sonrisa…lo de los curas...Bueno yo conozco a uno muy guapo…y anda de discotecas el tío…y hace muy bien…yo le digo “fulanito, si es que tenían que casarse ustedes también, además de salir...” me río, me dice “si si no te rías…si yo siempre digo que son un chollo desperdiciado de hombres, porque nunca van al paro y si no tienen dinero…pues lo cogen del cepillo…”
Nos reímos las dos con ganas.
Llego a casa y me doy cuenta de que se merece que no me olvide nunca de su lección. Y de que no sé el nombre de la abuela de Mario.
Mañana tengo que preguntárselo.

jueves, 16 de febrero de 2012

más que mirarse (XXX)

         Pero también
            la vida nos sujeta porque precisamente
            no es como la esperábamos.

                                   Jaime Gil de Biedma
        

Llega un momento en nuestras vidas en que se produce un punto de inflexión.
Lo marca algún acontecimiento. Un gran amor. Un hijo. La muerte o la enfermedad de alguien muy querido. Algo o alguien que forma parte fundamental de nuestra estructura vital cambia de posición. En cualquier caso, sabemos que es un punto y aparte, que nada podrá ya ser igual, que nada será lo mismo.
El tiempo modifica su consistencia. Dejamos de ver el futuro como una enorme y espléndida masa de días que nos envía señales luminosas, a las que miramos repletos de esperanza y optimismo. Perdemos el concepto de linealidad, de alguna manera. Empezamos a aceptar que ya no podremos con algunos proyectos, que hay metas que no alcanzaremos, sueños que sólo conservarán el nombre. Sencillamente porque sentimos que ya hemos completado, por lo menos, la mitad del camino. Que ya no habrá tiempo. O ilusión. O energías.
El cuerpo empieza a acusar la devastación del alma.Y dejamos de ser jóvenes y hermosos. La piel comienza a arrugarse, casi imperceptiblemente al principio. Rotundamente poco más tarde. Finísimas hebras blancas surgen tenaces de la fecundidad antes hermosa y poblada de nuestro cabello.
Dejamos atrás la cima de nuestros días y empezamos a descender.
De alguna manera la vida nos seguirá atando.
Tenemos hijos, afectos, trabajos, responsabilidades. Algo o alguien que depende de nosotros.
Y seguiremos adelante. Sin saber muy bien que es adelante. Preguntándonos si realmente es hacia adelante adonde vamos. Si no será más bien que ya sólo vamos hacia atrás.
Así que continuamos firmes en nuestro descenso de la cima. Cada vez con menos luz. Cada vez con más peso sobre los hombros. Pero continuamos.

Yo creo que todo este proceso ya había comenzado a gestarse en Charo cuando comenzó nuestra vida en común. Es muy posible que considerase que todo lo decisorio, todo lo trascendental, lo más  hermoso de su propia historia hubiese sucedido ya. Pero quiso quedarse para ayudarme a mí en el ascenso. Porque sabía que nadie puede hacerlo solo. Que el resultado de la escalada depende de los apoyos que recibamos en cuantos años fundamentales. Unos pocos años en los que todo los que nos enseñen, nos inculquen, nos den, definirán el resultado entre una persona o un mero ser humano.
Tuvo amantes.
No sé cuantos, ni sé exactamente la importancia que tuvieron, porque en sus diarios apenas los menciona. Sólo a Lucas Fernández, un abogado muy conocido de la ciudad al que rechazó como marido media docena de veces,  pero aceptó como amante ocasional una vez él estuvo casado con otra. Por lo que recuerdo de ese señor- falleció unos años antes que ella- solía mirar a mi madre con ojos de cordero camino del sacrificio y no se perdía detalle de cada uno de sus gestos o risas, pero creo que para Charo fue, probablemente, su mejor amigo.
Estuvo también el bibliotecario. Un señor atractivo y serio a más no poder, calculo que unos años más joven que ella. Cuando, allá por mi preadolescencia empezó a colar notitas entre los libros, Charo me las enseñaba entre divertida y sonrojada. Me di cuenta de que las notitas se habían traducido en piel y saliva cuando ese señor empezó a telefonear a nuestra casa y veía a Charo arreglarse y salir a la media hora de atenderle. Hubo algunos más y creo que todos ellos cumplían una función. La no desperdiciar ningún resquicio de juventud o belleza. La de sentir que seguía viva, viva pese a todo. Aunque estuviese ya del otro lado. Aunque fuese de bajada. Aunque nada pudiese ya ser lo mismo.

Creo que para mí, Esther Fernández Navarro, el tiempo de la claudicación ha comenzado ya. No sólo porque de cuando en cuando descubro una finísima hebra de pelo blanco colarse entre la soberbia aún fértil de mi cabello negro, sino porque asumo que a veces el cansancio es más valiente que la voluntad.

Confieso que el futuro, ese ente esquivo y tramposo, ya no me lanza fuegos de artificio,  promesas de perpetuidad y fortuna. Y que ya no le miro llena de optimismo y expectante ante su oferta. Pero sí le miro llena de curiosidad. Ha dejado de ser una curiosidad desaforada y apasionada. Es una curiosidad prudente y desconfiada.


Hace un año tuve que cerrar la librería. Las circunstancias decidieron por mí.
Y con todo, estuve agradecida de tener un empleo fijo al que volver. Sigo sin sentir mi sinfonía la mayor parte de los días, pero de vez en cuando se cuela alguna nota perdida y desmigajada. Tal vez esté volviendo. Tal vez no.

Pero miro a mi hija, dormida en su mini cuna mientras escribo esto y sé que debo quedarme velando su escalada. Habita dentro de mí cierta fuerza tibia y semidormida, que intuyo puede volverse torrencial para salvaguardar su integridad, su seguridad, de modo que no creo que haya guerra o batalla en la que yo no presentase armas por ella. Y tal vez ese sea finalmente el sentido de la vida, perpetuar eternamente la escalada y el descenso, la mitad del tiempo de un lado, la otra mitad, del otro. Porque a ella le quedan amistades que forjar, metas que  alcanzar, amores, amantes. Y de mi depende que cuente con los arneses y las cuerdas adecuados para vivir cada amistad, cada meta, cada amor, cada amante como yo los he vivido, con la alegría y la satisfacción íntimas de saber que cada minuto es único, que cada persona es un hallazgo, que cada peldaño es una bendición. Y todo ello para que, llegado el tiempo de la claudicación, pueda confesar, sin dudas ni ambages, que ha vivido.





No volveré a ser joven

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

"Poemas póstumos" 1968


viernes, 9 de diciembre de 2011

más que mirarse (XXIX)


Era una nota simple a pie de página, pero que la conmovió hasta lo más hondo, porque estaba directamente dirigida a ella. A ella. Como si aquella mujer, con su personalidad mágica, su vida mágica, hubiera logrado trascender los muros infranqueables de la muerte. Era reciente y ella se había preocupado de que Esther lo supiese, pues había utilizado un pilot rosa, que aún permanecía impávido y asombrado en el lapicero de los últimos meses… Esther hija…está todo en el estante central, detrás de las obras completas de Gracián… No había añadido nada más, como si no quisiese alterar más de lo imprescindible sus rutinas.

La mudanza había resultado engorrosa y cansada, como todas las mudanzas. Había hecho algunos cambios significativos, como mandar al trastero todos los muebles que habían sido su cuarto anterior, todos buenos y pesados, de madera sólida y antigua. A cambio había instalado en el centro una cama blanca con dosel de Bed´s que hacia años que le gustaba. El resto era de Ikea. La cómoda blanca de Malm, un espejo con marco blanco roto de cuerpo entero y funda nórdica y alfombra de tonos alegres, con matices que iban del rojo intenso al verde. También había desmantelado parcialmente la sala de estar de diario. Un sofá rojo enorme de varios cuerpos sustituía a los originarios de piel, que debían llevar más de treinta años en la casa. La mesa de centro de  cedro también se había trasladado al trastero y en su lugar lucía una mucho más sencilla, con la superficie color haya y patas metálicas. Conservó el mueble frontal porque era bueno, pero de diseño sencillo, sin las pretensiones decimonónicas del resto de los muebles, tan al gusto de los padres y abuelos de Charo. En cuanto lo hubo poblado con sus libros, fotos, equipo de música y la tele de plasma, el conjunto adquirió una personalidad moderna y desenfadada, su personalidad. Tenía en mente renovar totalmente la cocina, pero eso ya requeriría ahorro y paciencia.

La primera noche Rafa durmió con ella. Se había quedado totalmente prendado de la casa. Esther sonreía al verle recorrer las estancias una y otra vez, con evidente cara de asombro y escepticismo joder cielo…es increíble que aún existan tesoros como éste…parece un decorado de una peli de James Ivory…cuando abrió la puerta de la biblioteca sus ojos se ensancharon como platos. Le llevó más de una hora hacer un recuento sólo parcial de los tesoros que albergaba. Rafa no daba crédito…dios Esther…esto es de cuento…están todos los clásicos…Quevedo, Lope, Shakespeare, y hay docenas libros de sellos y monedas… ¿Charo era aficionada a la numismática?...no, eso era cosa de su padre…respondía Esther, orgullosa y feliz de ver su entusiasmo genuino, casi infantil. El seguía el recorrido ensimismado, sin dar crédito a su suerte y se alborozaba como un niño mira mira cielo…mira esto…Proust…Céline…Djuna Barnes…D.H. Lawrence…Capote…Borges…Sábato…está todo aquí Esther! Todos!! …y los rusos…todos…los poetas malditos franceses…y mira esto…¡¡ la correspondencia privada de Scott Fitzgerald y Zelda!!...sí, todos esos ya son aportación de Charo…respondía ella divertida.
La misma impresión de mágica irrealidad le causó el comedor, tan señorial, con su larguísima mesa de patas talladas, que sostenían la impoluta superficie de mármol, tan pesada, que habría sido imposible levantarla sin la ayuda de quince hombres… pero…Esther… ¿dónde habrán comprado esto? ¿alguna vez comíais aquí?....creo que no lo compraron…que lo hicieron a medida para este salón…todo…las sillas, el aparador…la mesa…y…sólo comíamos aquí una vez al año…Charo daba una fiesta para conmemorar la República…en Abril…venían muchísimos amigos suyos…de todas maneras no te emociones…nada de esto me pertenece en realidad…lo hermanos de Charo murieron antes que ella…y antes de eso ya habían cedido la propiedad a Charo…pero el contenido es distinto…Charo tenía sobrinos…en realidad les pertenece a ellos todo esto…así que pueden venir a buscarlo en cualquier momento…aunque dudo que lo hagan…ninguno debe albergar buenos recuerdos de la casa ni de su abuelo…no los trataba muy bien….Rafa reía…bueno que se lleven todo…menos los libros…
Para conmemorar la noche, prepararon una cena frugal a base de patés, quesos, anchoas y salmón ahumado. Lo dispusieron todo en la nueva mesa de la cocina, estrecha y alargada, de color roble, que Esther había combinado muy acertadamente con sillas de metacrilato trasparentes y una enorme lámpara blanca justo encima, que aportaba una luz directa pero difusa a la vez, cálida, agradable. No obstante esa noche prescindieron de la luz eléctrica y encendieron muchas velas. Llenaron sus copas y brindaron. Era una etapa nueva, aunque los escenarios se repitieran. La sensualidad y el aire de irrealidad les venció allí mismo y prefirieron estrenar la mesa antes que la cama. Esther fregaba los escasos platos de la cena fría cuando sintió las manos de Rafa aferrar sus pechos desde atrás, por dentro de la camiseta de algodón. Sentir sus besos cálidos y húmedos en el cuello la excitó de veras y ella misma se deshizo en pocos segundos de los vaqueros y el sujetador, se tumbó encima de la mesa ansiosa, esperando ver aparecer ante ella la orgullosa e imponente erección que adivinaba. La excitación de él se hizo mayúscula ante ese gesto, ante la  visión de su amante desnuda y expectante tendida en la mesa y ya no logró ni desnudarse, se limitó a arrancarle las bragas y desabrocharse el pantalón para penetrarla profundamente al instante, agarrando con fuerza sus caderas y elevando las piernas de ella por encima de cada uno de sus hombros. Esther se dejó arrastrar por las inefables oleadas de placer que él detonaba con cada embestida y sólo incorporó parcialmente el torso, los codos apoyados sobre la mesa, para besar su boca de forma furiosa y desatada unos segundos, antes de dejarse caer otra vez sobre la superficie dura y rendirse a una crisis de placer prolongada y sublime, que la dejó sumida en una catarsis muy dulce.

Cuándo por fin estrenaron la cama, esta vez para dormir abrazados pecho con espalda, Esther descubrió que tantas emociones la habían desvelado, así que sigilosamente se levantó, se puso la camiseta de Rafa, tirada en la alfombra, y se dirigió a la biblioteca.

Le llevó unos cinco minutos encontrar en el estante frontal El Arte de la Prudencia y lo retiró casi con miedo, como si estuviese realizando algún tipo de ritual iniciático. Allí estaba. El mismo paquete marrón que había visto en una acera hacía ya veinticinco años. Mucho más desgajado y marchito, como si hubiese sido manoseado cientos de veces. Conteniendo el aliento, separó una de las aristocráticas sillas y se sentó frente a su tesoro.

Allí estaba ella, su querida, queridísima Charo. Pero no era exactamente ella. Era una chica hermosa de puro feliz, el rostro sonrosado y arrebolado, las huellas patentes del amor y del  placer que le proporcionaba aquel hombre ancho de hombros, bien parecido, de mirada penetrante e inteligente y sonrisa relajada que la abrazaba desde atrás, apoyando la barbilla en su hombro y aferrándola por la cintura con las dos manos. Los dos miraban de frente a la cámara, confiados, como si aún no adivinaran la factura tan terrible que tanta felicidad les habría de pasar.

En la siguiente estaban en una playa, el cuerpo de él, poderoso y firme, hermoso en su insultante juventud, parecía correr por la arena, y en brazos la llevaba a ella, otro cuerpo hermoso y joven, bronceado y apenas cubierto por un biquini blanco, la dorada melena cayendo sobre su espalda. Los dos reían casi a carcajadas.

Había varias más, Juan apoyado en el capó de un mini azul… los dos con un cigarrillo y una copa en la mano, en una especie de reunión social o club, ya que se adivinaba el humo y la presencia de otras personas alrededor; en ésta última no miraban al fotógrafo, se miraban a los ojos y sonreían, llenos de complicidad.

La última le encantó. Era Charo en una mesa, con el pelo suelto y un suéter de cuello alto. Tenía un cuaderno ante ella y sostenía un bolígrafo en una mano y un cigarrillo en la otra. Charo escribiendo, tal como ella la había visto hacer millones de veces. Pensó que a él le gustaría tanto como a ella verla así, febril y concentrada en sus textos, por eso la  había fotografiado sin que ella lo advirtiese.

Se dio cuenta de que aquella noche ya no podría dormir, así que trasladó a la mesa de la cocina todas las cartas. Se preparó una infusión bien caliente y alcanzó el cenicero.

Rafa la encontró a las siete de la mañana exhausta y con la mirada perdida, tan a fondo se había metido en el relato de aquel amor y de aquel dolor ajeno, que ni se había dado cuenta de la hora. Había llorado, había reído, había vivido toda una vida en una sola noche.

Al mediodía comió algo en el Andy y condujo hasta el centro comercial. Encontró en Pórtico unos marcos preciosos, de madera blanca decapada, con volutas discretas y un aire romántico y sobrio a la vez.
Preparó para cenar una merluza en salsa verde que inundó la cocina y la salita de deliciosos efluvios, puso jazz más bien bajito y encendió unas velas.
Cuándo Rafa llegó reparó casi de inmediato en los nuevos rostros que les sonreían desde sus flamantes marcos, que a partir de ahora compartirían con ellos cada cena, cada comida, cada minuto de aquel hogar algo improvisado que aún estaban estrenando…hey…que fotos más bonitas…¿son ellos, verdad?...Esther sonrió, orgullosa, y asintió levemente con la cabeza… son guapos ¿a que sí?...Rafa la abrazó por detrás adoptando idéntica postura a la de la foto y le susurró al oído…desde luego…pero nosotros mucho más…



Miro…el instante en que han quitado la fotografía…ríes con la timidez de quien le avergüenza la risa…quince años que sujeto entre mis brazos…al compás del último disco robado…creo…que ese tiempo que se fue no ha sido nunca nuestro…como…cuando te miro y no logro recordar tu cuerpo… ¿no eras tu aquella insolencia de latidos…que encendía mis deseos mas prohibidos?…
Siento…que tu y yo no somos más que dos desconocidos…otros dos extraños que en el tiempo se han hecho asesinos…esos dos niños de la fotografía…que abrazados van bailando por la vida

Aute, “Queda la música”